Creció en Mula con una idea clara: salir. Inglaterra, Ibiza, cualquier lugar que no fuera quedarse. No había rastro de vocación académica ni de interés particular por los museos —esas instituciones que uno visita de vez en cuando y poco más.
Tenía alrededor de veinte años cuando algo cambió. Unas personas, un entorno, una conversación en el momento oportuno. A veces es tan poco lo que necesita una vida para girar por completo.
Un joven sin rumbo fijo y un giro que nadie esperaba
Mula, 1968. Juan García Sandoval creció en una familia sin vínculos con el mundo académico. Su formación fue profesional, sus trabajos variados. La universidad no figuraba en sus planes. Tampoco los museos.
El horizonte que imaginaba estaba en otro sitio. Inglaterra o Ibiza eran nombres concretos, posibilidades reales. Quería moverse, vivir, alejarse. Nada en su trayectoria apuntaba hacia el patrimonio cultural.
El giro llegó cuando conoció a Emeterio Cuadrado Díaz, figura central de la arqueología ibérica, y entró en el entorno del Museo de Arte Ibérico de El Cigarralejo. Allí estaban también Virginia Page del Pozo y José Miguel García Cano —personas que pensaban, excavaban, discutían y construían conocimiento de forma colectiva, sin jerarquías evidentes.
Ese contacto lo transformó de una manera que él mismo tardó en advertir. El deseo de marcharse se convirtió, casi sin transición, en el deseo de quedarse. Había encontrado algo que no sabía que buscaba.
De la arqueología al patrimonio: una carrera construida desde dentro
La decisión fue práctica e intuitiva a la vez: retomar los estudios y elegir Historia del Arte. No era el camino más evidente, pero tenía su propia coherencia.
Durante los años noventa trabajó en El Cigarralejo. Participó en proyectos de museografía y en excavaciones arqueológicas, aprendiendo haciendo —que es como se aprende lo que de verdad importa.
Después llegó una etapa intensa en el Ayuntamiento de Lorca: dirigió programas de empleo y cultura, coordinó escuelas taller y participó en intervenciones patrimoniales de envergadura. Era trabajo de campo, con personas reales y necesidades concretas. Fue entonces cuando se consolidó una convicción que ya no lo abandonaría: la cultura tiene una función social que no puede ignorarse. No es un lujo. Es una herramienta.
El museo como espacio comunitario, no como contenedor de obras
En 2008, García Sandoval ingresó en el cuerpo de conservadores de museos. Desde entonces ha estado vinculado al Museo de Bellas Artes de Murcia, el MUBAM, y al Museo Regional de Arte Moderno de Cartagena, el MURAM.
Lo que define su aportación no son los cargos. Es una manera de entender el museo que se aleja del modelo tradicional: un espacio que se parece más a una biblioteca pública que a un templo del arte, un lugar que cobra sentido gracias a quienes lo habitan.
Desde esa filosofía ha impulsado programas en arte y salud, accesibilidad, diversidad funcional, género y mediación cultural. El proyecto MUBAM Alzheimer es quizá el más reconocido. Situó a Murcia en conversación directa con instituciones como el MoMA de Nueva York —prueba de que una apuesta local y humana puede alcanzar proyección internacional.
Llegar a quienes nunca entrarían por la puerta
El reto que más le interesa es también el más difícil: atraer a quienes no suelen visitar museos. Jóvenes, personas mayores, colectivos vinculados a la salud mental. Públicos que el museo tradicional ha ignorado durante demasiado tiempo.
Para llegar a ellos ha recurrido a herramientas muy distintas entre sí: exposiciones transversales, arte urbano, colaboraciones con institutos, teatralizaciones, radio, tecnología 3D, procesos creativos compartidos. La forma cambia según el público. El fondo, no.
Hay una idea que guía todo su trabajo, formulada con claridad: el mayor patrimonio son las personas. Sin ellas, no hay conservación posible. El museo, en su visión, no enseña desde una posición de autoridad. Acompaña. Esa diferencia tiene consecuencias profundas.
El futuro de los museos en un mundo acelerado
García Sandoval conoce bien las tensiones del presente. Los museos de historia y de arte atraviesan una crisis de sentido real —la velocidad tecnológica, la saturación de imágenes y la fragmentación de la atención los desafían cada día.
No se resigna. Defiende que el futuro de estas instituciones pasa por convertirse en lugares de diálogo, de reflexión y de cuidado: espacios donde el pasado no sea un archivo muerto, sino una herramienta para pensar el presente.
En él conviven el gestor riguroso, el historiador del arte y algo que se parece a un trabajador social en el sentido más profundo del término. No es una combinación habitual. Quizá por eso su trabajo resulta difícil de clasificar y fácil de reconocer.
Su historia invita a una pregunta más amplia. ¿Cuántas personas llevan dentro una vocación que todavía no ha encontrado el lugar adecuado? A veces uno no llega a los museos buscándolos. A veces llega porque en ellos, sin esperarlo, acaba encontrándose a sí mismo.
