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Breve historia de Cartagena (Murcia): la ciudad mediterránea que fue capital de cartagineses, romanos y bizantinos antes de convertirse en la gran base naval de España

by Paula Gutiérrez
16 de octubre de 2026
in Historia
Vista panorámica de Cartagena al atardecer con ruinas romanas, murallas púnicas y el mar Mediterráneo al fondo

Cartagena acumula más de tres mil años de historia: cartagineses, romanos, bizantinos y españoles dejaron su huella en este enclave mediterráneo único.

Bajo las calles del centro de Cartagena conviven, a escasos metros de profundidad, murallas púnicas del siglo III a.C., calzadas romanas y vestigios medievales. Más de 3.000 años de ocupación continua han dejado en esta ciudad de la costa mediterránea murciana un archivo estratigráfico sin apenas parangón en Europa.

La clave de esa densidad histórica está en la geografía. Cartagena ocupa lo que fue una península natural protegida por cinco colinas y cerrada al norte por una laguna salada —una posición que las grandes potencias del mundo antiguo reconocieron de inmediato como demasiado valiosa para ignorar.

Los orígenes: de Mastia ibérica a Qart Hadasht cartaginesa

La presencia humana en el entorno de Cartagena es anterior a cualquier ciudad. En la cueva de los Aviones, junto al puerto, se han documentado restos de actividad del Homo neanderthalensis, lo que sitúa la ocupación del lugar mucho antes de cualquier fundación histórica conocida.

En época protohistórica, el territorio estaba habitado por Mastia, una tribu ibérica vinculada a la confederación tartésica. Su nombre aparece en el segundo tratado romano-cartaginés del 348 a.C., confirmando que el enclave era conocido y relevante bastante antes de la llegada de los cartagineses.

La fundación de la ciudad propiamente dicha se atribuye al general cartaginés Asdrúbal el Bello, hacia el 227 a.C. Le dio el nombre de Qart Hadasht —»ciudad nueva» en púnico— y la amuralló sobre las cinco colinas de la península. Su propósito era convertirla en la capital púnica de Hispania y en el principal centro mercantil de Cartago en Occidente.

El motor de todo era la plata. Las minas del entorno financiaron los ejércitos cartagineses y permitieron a Aníbal organizar su expedición a Italia, que partió de aquí en el 218 a.C. Con la plata de Cartagena se sostuvo la guerra; cuando la ciudad cayó, Cartago perdió también su capacidad de resistir.

Carthago Nova: el apogeo romano de una ciudad imperial

La conquista romana llegó en el 209 a.C. de la mano de Publio Cornelio Escipión mediante una maniobra nocturna: un grupo de legionarios bordeó la muralla norte por la franja de tierra que separaba las defensas de la laguna salada, escaló sin ser detectado y abrió las puertas desde dentro. Así cayó lo que se consideraba inexpugnable.

Bajo Roma, la ciudad pasó a llamarse Carthago Nova y se integró en la Hispania Citerior. El salto administrativo decisivo llegó en el 44 a.C., cuando Julio César le otorgó el título de colonia bajo la denominación Colonia Vrbs Iulia Nova Carthago. Ese rango trajo consigo una renovación urbana completa: nuevo trazado viario, foro, teatro, termas, templos.

Con Diocleciano, en el 298 d.C., Cartagena se convirtió en capital de la nueva provincia Carthaginensis. Reconocimiento tardío, pero significativo, de su peso estratégico.

El declive, sin embargo, ya había comenzado. A partir del siglo II, el sector oriental de la ciudad quedó prácticamente despoblado, la minería entró en crisis y las incursiones de tribus norteafricanas presionaron a la población. Hacia el 425 d.C., los vándalos saquearon la ciudad antes de cruzar a África.

Entre bizantinos y visigodos: la ciudad destruida y olvidada

Cartagena no desapareció con Roma. Hacia el 550 d.C., el emperador Justiniano la conquistó y la convirtió en capital de la provincia de Spania —conocida como Carthago Spartaria—, impulsando un ambicioso programa de fortificación. Según el investigador Pablo Fuentes Hinojo, su condición de capital provincial anterior, la envergadura de sus defensas y la importancia de su obispo inducen a considerarla efectivamente como cabeza de esa provincia bizantina.

El fin llegó de manos visigodas. El rey Suintila tomó y destruyó la ciudad hacia el 622-624 d.C. San Isidoro lo registró sin rodeos en sus Etimologías: «hoy día, destruida por los godos, apenas quedan sus ruinas.»

Durante mucho tiempo se creyó que el período andalusí había reducido Cartagena a una aldea de pescadores. Excavaciones recientes matizan esa imagen: fuentes árabes y hallazgos arqueológicos revelan una mezquita, una alcazaba sobre el cerro de la Concepción y viviendas del siglo XII. La ciudad nunca desapareció del todo.

La reconquista cristiana llegó en 1245, cuando el príncipe Alfonso tomó la ciudad tras un duro asedio. En 1250 se restauró la diócesis, pero el traslado irregular de la sede catedralicia a Murcia en 1291 —realizado sin autorización papal por el obispo Diego Martínez Magaz— sembró una rivalidad entre ambas ciudades que persiste hasta hoy.

Capital naval y revolución cantonal: los siglos modernos

El verdadero renacimiento de Cartagena llegó con los Borbones en el siglo XVIII. La ciudad se convirtió en capital del Departamento Marítimo del Mediterráneo; se levantaron el Arsenal, nuevos castillos y unas murallas que la hacían prácticamente inexpugnable. A lo largo de esa centuria, la población se quintuplicó.

Esas mismas defensas protegieron la ciudad durante la invasión napoleónica. Mientras Murcia y Lorca fueron saqueadas por las tropas del general Sebastiani, Cartagena resistió gracias a sus fortificaciones y a la ayuda británica. La Constitución de 1812 fue recibida con entusiasmo entre sus muros.

El episodio más singular del siglo XIX fue la Revolución Cantonal de 1873. Cartagena proclamó su propio cantón, acuñó moneda propia, bombardeó Almería y Alicante, y resistió durante siete meses hasta su rendición en enero de 1874. Fue el cantón más poderoso de todos, precisamente por el peso militar de su base naval.

El final del siglo trajo un nuevo auge minero basado en el plomo y la plata. Las fortunas generadas financiaron una burguesía que reconstruyó la ciudad en clave modernista y ecléctica. Esas fachadas, visibles hoy en el casco histórico, son el testimonio directo de aquella prosperidad tardía.

El patrimonio vivo: dónde leer hoy esa historia

El Teatro Romano es quizás el símbolo más claro de ese archivo estratigráfico. Descubierto de forma casual en 1988 durante unas obras, se excavó durante dos décadas y se integró en su museo en 2008. Construido en el siglo I a.C. en la ladera del cerro de la Concepción, permite recorrer sus galerías, la orchestra y el espacio escénico con una restitución parcial de la fachada.

A pocos pasos, el Barrio del Foro Romano en el Molinete ocupa más de 26.000 m² y se presenta como el mayor parque arqueológico urbano de Europa. Allí es posible caminar sobre calzadas romanas originales, visitar las termas y ver el santuario dedicado a los dioses egipcios Isis y Serapis —un recordatorio de hasta qué punto Cartagena funcionó como cruce de culturas durante siglos.

El Castillo de la Concepción condensa en un solo punto tres mil años de historia: templo romano, alcazaba musulmana, castillo medieval, refugio antiaéreo durante la Guerra Civil. Desde su cima se obtiene la panorámica más completa del puerto y de la ciudad que se extiende entre las cinco colinas.

Cada septiembre, las fiestas de Carthagineses y Romanos —declaradas de Interés Turístico Internacional en 2017— recrean la fundación cartaginesa y los episodios de la Segunda Guerra Púnica. Historia en movimiento, podría decirse. Y plantean una pregunta difícil de ignorar: pocas ciudades del mundo permiten recorrer más de tres milenios de civilización sin salir del centro. Cartagena lo hace, y eso sigue mereciendo atención.

Tags: AntigüedadCartagenaCivilizaciónculturaHistoria de CartagenaMurciaPatrimonioTurismo
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