El miércoles por la mañana, apenas veinticuatro horas después de que la NASA anunciara su nombre ante el mundo, Luca Parmitano ya estaba dentro de la cápsula Orión. No como invitado ni como observador: estaba aprendiendo sus sistemas de mando, memorizando una nave que describe como «una extensión de mi propio cuerpo».
Desde Houston, donde son las ocho de la mañana, el astronauta italiano de la ESA habla con la calma de alguien que lleva apenas días sabiendo que viajará al espacio profundo junto a tres colegas. Lo que esa misión implica, y qué papel jugará él en ella, es lo que está empezando a descubrir.
Una reunión con título ficticio y tres desconocidos en la sala
La convocatoria no decía nada relevante. Solo era una reunión más en el calendario, con un título que no anticipaba nada. Cuando Parmitano entró en el despacho del jefe de la Oficina de Astronautas de la NASA, hace unos diez días, encontró a tres colegas esperando. Sin preámbulos, les dijeron: «Miren a su alrededor. Esta es la tripulación de Artemis 3.»
Así supo Luca Parmitano que sería piloto de la misión. El comandante es Randy Bresnik; los especialistas, Frank Rubio y Andre Douglas. Parmitano completa el equipo como el único europeo.
Antes del anuncio oficial, solo su familia conocía el secreto: sus hijas de 16 y 19 años, y su mujer, que trabaja en recursos humanos en el sector industrial, lejos del mundo aeroespacial. Les pidieron discreción. La mantuvieron.
Artemis 3: una misión de prueba, no de alunizaje
Hay una confusión frecuente sobre qué hará exactamente Artemis 3. No aterrizará en la Luna. Su objetivo es poner a prueba la nave Orión en el espacio profundo y ensayar el acoplamiento con los módulos lunares que desarrollan SpaceX y Blue Origin. El alunizaje real está reservado para Artemis 4, previsto para 2028.
Parmitano lo tiene claro y no le incomoda. «La misión más importante siempre es la siguiente», dice. No busca récords; busca contribuir donde sus capacidades sean más útiles. Tampoco hay fecha de lanzamiento confirmada: en su primera reunión con el equipo en tierra, apenas comenzaban a definir las condiciones de aproximación entre naves, así que cualquier fecha sería pura especulación.
De la Soyuz a la Orión: un salto generacional en el espacio profundo
Parmitano conoce bien lo que significa confiar tu vida a una nave. En 2013 voló a la ISS a bordo de una Soyuz, en la misión Volare, que duró 166 días. En 2019 repitió en la misión Beyond, esta vez durante 200 días.
La Soyuz le merece un respeto genuino. La describe como robusta, fiable y predecible, diseñada para alcanzar la órbita y volver con precisión extrema. Pero fue concebida hace más de cuarenta años. La Orión es otra cosa: pensada para semanas en el espacio profundo, con una ergonomía diferente y una integración entre el ser humano y la máquina que Parmitano sitúa sin dudar en el siglo XXI. «Un verdadero salto generacional», afirma.
El casco que se llenó de agua: cómo una crisis casi mortal forjó su reputación
En 2013, durante una caminata espacial en su primera misión, el casco de Parmitano comenzó a llenarse de agua. El nivel subía. No podía respirar bien, no podía ver, no podía comunicarse. Dependía de su arnés para encontrar el camino de regreso a la esclusa.
Josef Aschbacher, director de la ESA, lo recordó esta semana en un discurso. Dijo que el ritmo cardíaco de Parmitano se mantuvo estable durante toda la crisis, como si estuviera en reposo, y que sus compañeros en el centro de control ni siquiera notaron que estuviera estresado. «Es una historia que se cuenta en los pasillos de la ESA como una leyenda», afirmó Aschbacher. Aquella emergencia cambió los protocolos de seguridad para las actividades extravehiculares.
Parmitano cree que ese perfil —el del piloto de pruebas capaz de gestionar lo desconocido con calma— es precisamente lo que hace falta en Artemis 3, una misión experimental llena de incógnitas aún sin resolver.
Diversidad, mujeres en el espacio y la polémica de la tripulación
Los cuatro astronautas de Artemis 3 son hombres. Esto ha generado críticas, especialmente porque el 40% del cuerpo activo de astronautas de la NASA son mujeres, y porque la propia agencia había prometido incluir una mujer y un astronauta negro en la misión. Esa promesa se trasladó a Artemis 4 tras la reestructuración del programa.
Parmitano responde con cuidado. Dice que la diversidad no se reduce al género, y que su tripulación es diversa en orígenes, trayectorias y capacidades. Reconoce que en Artemis 2 voló Christina Koch, con quien ya había coincidido en la ISS. Lo que añade suena a convicción más que a cortesía: las tripulaciones con mayoría femenina no son una posibilidad, son una certeza futura.
El espacio como motor de positividad: ciencia, sueños y fronteras que desaparecen
En una conferencia de astronáutica celebrada el año pasado en Milán, el presidente del evento dijo algo que se le quedó grabado a Parmitano: «Cuando llegamos los del mundo aeroespacial a los informativos, llevamos buenas noticias.» Para él, esa frase resume algo esencial sobre la exploración espacial.
Hay dos formas de unir a las personas, explica. Una es crear un enemigo común. La otra es compartir un sueño. El espacio pertenece a la segunda categoría. Lo vio en la ISS, donde astronautas de países en conflicto siguen trabajando juntos, y lo ve en programas como Artemis, donde europeos, estadounidenses y otros socios construyen algo que ninguno podría hacer solo.
Cuando se le pregunta qué espera dejar a las generaciones futuras, menciona a astronautas como el español Pablo Álvarez. No habla de gestas ni de primeros puestos en la historia. Habla de abrir caminos. Artemis 3 despegará sin fecha confirmada, pero con una tripulación que ya entrena, ya aprende y ya mira hacia lo que viene después.
