Una fotografía anónima publicada en un foro en 2019 lo desencadenó todo: una oficina amarillenta, iluminada por fluorescentes, sin nadie dentro. Nada en ella resultaba amenazante. Y sin embargo, algo en esa imagen incomodaba de un modo difícil de explicar.
Esa sensación —familiar y extraña al mismo tiempo— tiene un nombre, una historia y una explicación que va mucho más allá de una creepypasta de internet.
Una foto anónima y el nacimiento de un fenómeno
En 2019, un usuario anónimo pidió en un foro que otros compartieran imágenes de lugares donde algo no cuadrara. Entre las respuestas apareció una fotografía banal: una oficina amarillenta, iluminada por fluorescentes, con una distribución casi imposible. La acompañaba una premisa breve y perturbadora: si te desconectas de la realidad en el lugar equivocado, puedes acabar atrapado en las Backrooms, un laberinto infinito donde el tiempo y el espacio dejan de tener sentido.
La comunidad hizo el resto. Niveles, criaturas, mapas y teorías construyeron un universo colaborativo que creció sin autor ni control. Poco después, Kane Parsons —entonces adolescente— transformó esa leyenda en cortometrajes que acumularon millones de visualizaciones en YouTube. Su capacidad para reproducir esa sensación de extrañeza llamó la atención de A24, la productora detrás de títulos como Everything Everywhere All at Once, y el resultado fue Backrooms (2026), el primer largometraje de Parsons, dirigido con solo 20 años.
Qué es exactamente un espacio liminal
La palabra «liminal» viene del latín limen, umbral o frontera. Describe lugares concebidos para atravesarse, no para habitarse: escaleras que parecen no terminar, aparcamientos subterráneos, andenes solitarios a medianoche, vestíbulos desiertos.
El antropólogo Arnold van Gennep aplicó el concepto en 1909 para describir la fase intermedia de los ritos de paso: ese instante en que ya no perteneces al estado anterior, pero tampoco has llegado al siguiente. El territorio del entre, literalmente.
Lo inquietante no es el lugar en sí. Es la ausencia de presencia en espacios diseñados para estar llenos de vida. Cuando uno permanece en ellos más tiempo del necesario, algo empieza a fallar.
Kenopsia: cuando la mente espera algo que no llega
Existe una palabra para ese malestar concreto: kenopsia. La melancolía inesperada que surge ante un lugar normalmente lleno de vida que aparece, de pronto, desierto.
El cerebro anticipa conversaciones, pasos, ruido, movimiento. Cuando solo encuentra silencio, algo deja de encajar a nivel cognitivo. No hay amenaza visible, pero la expectativa no se cumple, y esa disonancia genera una incomodidad difícil de nombrar. La sensación resulta reconocible de inmediato: la piscina municipal en invierno, el centro comercial antes de abrir, el pasillo de un hotel cuando eres el único huésped. Espacios familiares que, vaciados de gente, se vuelven levemente irreales. Ahí está la raíz psicológica de la fascinación y el malestar que generan los espacios liminales.
El cine lo sabía antes que internet
Mucho antes de que internet bautizara el fenómeno, el cine llevaba décadas explorándolo. David Lynch construyó en Twin Peaks (1990) uno de los espacios liminales más reconocibles de la cultura popular: la habitación roja de suelo zigzagueante y cortinas de terciopelo que separa dimensiones. Stanley Kubrick, por su parte, convirtió el hotel Overlook de El resplandor (1980) en un laberinto de pasillos interminables y estancias vacías.
La misma lógica aparece en obras más recientes. Severance transforma una oficina minimalista en fuente constante de tensión; La sustancia incomoda con estancias de blanco impoluto; El juego del calamar convierte decorados infantiles en salas siniestras. Incluso El show de Truman puede leerse como el retrato de alguien atrapado entre la realidad y la ficción. Otro tipo de umbral. El patrón se repite: lo perturbador no es lo monstruoso, sino lo cotidiano descontextualizado.
Del Nighthawks de Hopper a TikTok: una estética que no envejece
Edward Hopper ya pintaba en el siglo XX la soledad de los espacios transitivos. En Nighthawks, un diner nocturno se convierte en símbolo de la soledad moderna: reconocible, cotidiano, extrañamente vacío de vida. Esa misma atmósfera recorre las plazas de Giorgio de Chirico y los pasillos impersonales de George Tooker.
Las comunidades digitales actuales —dreamcore, weirdcore, poolcore— replican esa estética con imágenes reales y generadas por inteligencia artificial. Algunos lugares físicos también se han vuelto virales por parecer salidos de un videojuego: el patio interior del Holiday Inn de Heathrow, el pueblo fantasma de Burj Al Babas en Turquía o el Chicago Pedway, red laberíntica de túneles bajo la ciudad.
La fascinación persiste porque señala algo universal. Todos pasamos gran parte de la vida atravesando espacios intermedios, y solo reparamos en ellos cuando estamos solos dentro. En ese momento, el mundo familiar se vuelve levemente extraño. Quizá vale la pena preguntarse qué dice eso de nosotros: que el miedo más persistente no viene de lo desconocido, sino de lo conocido visto desde el ángulo equivocado.
