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China fabrica los vehículos eléctricos más avanzados del mundo mientras sus ciudadanos evitan gastar y sus gobiernos locales acumulan deudas impagables

by Dirección
18 de junio de 2026
in Economía
Mercado callejero tradicional frente a fábrica de vehículos eléctricos en ciudad industrial china al atardecer

Vendedores ambulantes y una moderna planta de vehículos eléctricos comparten el mismo encuadre, símbolo de la dualidad entre prosperidad tecnológica y estancamiento económico en China.

En Yingtan, una ciudad del interior de Jiangxi, los mercados callejeros y los restaurantes al aire libre conviven con un parque industrial de tecnología avanzada y un laboratorio nacional de comunicaciones. La imagen podría pertenecer a dos países distintos.

China lleva años construyendo esa doble realidad: fábricas que exportan vehículos eléctricos de última generación mientras los consumidores retraen el gasto y los gobiernos locales acumulan deudas difíciles de sostener. La pregunta que nadie ha sabido responder todavía es si ambos mundos pueden coexistir sin que uno acabe arrastrando al otro.

Dos mundos dentro de una misma ciudad

Yingtan es un microcosmos de la contradicción china. En el mismo municipio conviven mercados rurales donde se vende verdura fresca y parques industriales donde se fabrican componentes de precisión para la economía digital. No es una anomalía local: es el patrón que se repite en decenas de ciudades del interior.

En una década, Yingtan transformó su vieja industria del cobre en manufactura de alta gama. El resultado es llamativo: en 2025, su PIB per cápita superó al de la capital provincial, cuando diez años antes era un 25 % inferior. Ese avance, sin embargo, coexiste con una crisis inmobiliaria sin resolver y una deuda del gobierno local que arrastra desde principios de los años 2010.

Goldman Sachs estima que la manufactura avanzada aportará cerca de un punto porcentual al crecimiento anual del PIB hasta 2029. El problema es que el colapso inmobiliario restó dos puntos en 2024 y 2025. La aritmética, por ahora, no favorece al optimismo.

El peso de la deuda que financió el milagro anterior

El modelo que llevó la prosperidad al interior chino funcionó durante dos décadas con una lógica sencilla: vender suelo, construir viviendas, emplear trabajadores migrantes. Las regiones costeras exportaban y las del interior construían. El resultado fue un crecimiento sostenido, pero también una deuda local que hoy asciende a unos 60 billones de yuanes —equivalentes al 43 % del PIB—. En Estados Unidos, esa proporción es del 12 %.

Provincias como Guizhou construyeron infraestructuras de gran escala. Allí se levantó el puente más alto del mundo, con 626 metros. Pocas de esas grandes obras, no obstante, han generado ingresos suficientes para pagar a sus acreedores.

Los consumidores chinos siguen sin abrir la cartera. La pandemia y el desplome inmobiliario dejaron una huella profunda en su confianza: las ventas minoristas crecieron apenas un 0,2 % interanual en abril. La deflación de precios a la producción duró tres años y solo cedió cuando una crisis energética externa empujó los precios de la energía al alza.

La carrera tecnológica de Xi: fondos, parques y promesas

Cada vez que Xi Jinping anuncia un objetivo tecnológico —inteligencia artificial, robótica, fusión nuclear, semiconductores—, cientos de ciudades responden con proyectos propios. La señal política se convierte en inversión casi de forma automática.

En doce años, un fondo nacional de semiconductores ha recaudado cerca de 687.000 millones de yuanes. En diciembre se lanzó además un fondo de capital riesgo de 100.000 millones destinado a aeroespacial, chips y tecnología cuántica, y los gestores de fondos respaldados por el gobierno aumentaron sus recursos un 75 % en un solo año.

El modelo puede funcionar. Hefei lo demuestra: gracias a la inversión pública estratégica, esa ciudad alberga fábricas de BOE, NIO e iFlyTek, y participó en la creación de CXMT, el principal fabricante chino de chips de memoria avanzada. Se espera que Pekín, Hangzhou, Shanghái y Shenzhen concentren el 70 % de la inversión en inteligencia artificial.

Cuando los parques tecnológicos quedan vacíos

Hefei es la excepción, no la regla. En Yichun, a una hora en tren de alta velocidad desde Yingtan, el gobierno municipal invirtió 2.300 millones de yuanes en una fábrica de vehículos eléctricos que nunca llegó a producir. Sin red de proveedores ni conocimiento técnico local, la planta quedó paralizada. El resto de la zona industrial presenta el mismo aspecto de abandono.

Guizhou recibió 150.000 millones de yuanes en centros de datos. Las constructoras tenían su sede en la costa, los componentes se fabricaban en otros lugares y la demanda local era mínima. La tecnología no llegó a integrarse en la economía provincial.

Lanzhou invirtió en vuelos espaciales y drones mientras pedía a sus conductores de autobús que solicitaran préstamos personales para cobrar el sueldo. En Guangdong, periodistas locales visitaron parques de inteligencia artificial y encontraron muchos vacíos o ocupados por empresas sin ninguna relación con la tecnología.

El coste oculto de subsidiar la innovación

La competencia que genera la política industrial de Xi tiene un lado oscuro. La proporción de empresas industriales con pérdidas alcanzó casi el 32 % en abril —en 2011 era del 10 %—, un nivel superior incluso al máximo registrado durante la crisis financiera asiática de 1998.

El FMI calculó que la política industrial redujo la productividad total de los factores un 1,2 % y el PIB aproximadamente un 2 %, lo que equivale a dejar de generar unos 400.000 millones de dólares anuales. La deuda corporativa duplica la de 2019, mientras el PIB solo creció un tercio en ese mismo periodo.

Un exasesor del gobierno advierte que la obsesión tecnológica, alimentada en parte por la rivalidad con Estados Unidos, ha distorsionado las prioridades del liderazgo chino. Los problemas estructurales de fondo —consumo débil, deuda local, desigualdad regional— siguen sin respuesta.

Una apuesta de alto riesgo con el reloj en marcha

Xi Jinping confía en que el nuevo modelo tecnológico se consolide antes de que el antiguo modelo inmobiliario termine de colapsar. Yuen Yuen Ang, de la Universidad Johns Hopkins, señala que ningún gran país ha intentado algo así en la historia moderna: apostar por tecnologías de vanguardia mientras se afronta simultáneamente una desaceleración y una crisis de deuda.

Las provincias del interior ya muestran el coste de esa transición. En 2013 aportaban el 48 % del PIB industrial chino; hoy representan el 36 %. Entre 300 y 400 millones de trabajadores poco cualificados corren el riesgo de quedar excluidos de la economía tecnológica y verse obligados a regresar al campo.

China puede fabricar vehículos eléctricos de última generación y construir laboratorios de comunicaciones en ciudades medianas del interior. Esa capacidad es real. Pero la confianza de sus ciudadanos no se restaura con éxitos industriales, y sin consumo interno, sin sanear la deuda local ni ofrecer una salida viable a los trabajadores que el nuevo modelo no necesita, la pregunta sigue abierta: ¿puede sostenerse un país que avanza tecnológicamente mientras su economía doméstica se queda atrás?

Tags: Chinaconsumodeuda localeconomíamanufactura avanzadatecnologíavehículos eléctricos
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