El déficit comercial de la Unión Europea con China ha alcanzado cerca de 1.000 millones de euros diarios, el doble que antes de la pandemia. Mientras tanto, las quiebras empresariales en el bloque han llegado a niveles no vistos desde 2015, y Alemania perdió 143.000 empleos industriales solo en 2025.
La pregunta ya no es si Europa actuará. Los líderes del continente debaten cuándo hacerlo y con qué herramientas, en un momento en que cada semana que pasa parece encarecer el precio de la espera.
Un déficit que se duplicó en apenas unos años
El punto de partida es numérico y difícil de ignorar. El déficit comercial de la UE con China en bienes alcanzó cerca de 1.000 millones de euros diarios en 2025, aproximadamente el doble que antes de la pandemia. No es una fluctuación pasajera: la tendencia lleva años consolidándose.
Alemania ilustra bien el problema. Sus importaciones desde China han crecido de forma sostenida mientras las exportaciones hacia ese mercado caen con fuerza, dejando una industria bajo presión creciente en el corazón económico del continente.
Las quiebras empresariales en la UE han llegado a niveles no vistos desde 2015 y la producción industrial retrocede en gran parte del bloque. Ese malestar tiene también traducción política: en Francia y Alemania, los partidos de extrema derecha lideran encuestas como reflejo, al menos parcial, de esa insatisfacción acumulada.
¿Es China realmente la causa del problema?
Atribuir todos los males europeos a China sería demasiado simple. Pero los datos sobre subvenciones son difíciles de ignorar: la OCDE constató que entre 2005 y 2024 las empresas chinas recibieron entre tres y ocho veces más ayudas públicas que sus competidoras en países miembros. El 32 % de las industriales chinas registran pérdidas y muchas no sobrevivirían sin ese apoyo estatal.
Los escépticos señalan que los problemas europeos tienen raíces propias —altos costes energéticos, burocracia lenta, déficit de innovación—. Bloquear importaciones de materiales y componentes chinos podría además perjudicar a empresas europeas en eslabones posteriores de la cadena de valor.
Existe también una paradoja incómoda. El modelo exportador chino —basado en un excedente de ahorro sobre inversión— se parece mucho al que Alemania perfeccionó durante la década de 2010. El superávit por cuenta corriente alemán sigue situándose en torno al 4,5 % del PIB, cifra comparable a la china. Señalar con el dedo a Pekín resulta más fácil cuando se ignora ese espejo.
Las respuestas que Europa ya ha puesto en marcha
La UE no ha permanecido pasiva. En 2024 aprobó aranceles sobre vehículos eléctricos chinos tras una investigación antisubvenciones; en junio de 2025 hizo lo mismo con el acero. Son medidas concretas, aunque su alcance genera dudas.
Otros gestos apuntan en la misma dirección. Lisboa vetó a una empresa contratista china en un proyecto de tren ligero —sustituida por una firma polaca— después de que la UE concluyera que recibía subvenciones distorsionadoras. El bloque también prohibió la contratación pública de productos sanitarios chinos en represalia por la exclusión de productos europeos en Pekín.
Aun así, muchos consideran estas respuestas claramente insuficientes frente a la magnitud del desequilibrio. Un alto cargo las compara con «usar una cucharita para achicar un barco». La imagen resume bien la distancia entre las herramientas disponibles y la escala real del problema.
Las tres vías que debate Bruselas
El debate europeo se articula en torno a tres opciones. La primera pasa por ampliar y endurecer las herramientas de defensa comercial existentes, incluso invirtiendo la carga de la prueba: si los datos macroeconómicos sugirieran subvenciones excesivas, serían las empresas quienes deberían demostrar que no las han recibido.
La segunda vía contempla crear un instrumento específico contra el exceso de capacidad o recurrir con más frecuencia a salvaguardias arancelarias generales. Algunos analistas proponen una versión europea de la Sección 301 estadounidense, que permitiría imponer aranceles generales frente a prácticas consideradas perjudiciales.
La tercera combina medidas comerciales con política industrial activa: contenido local en contratación pública, soberanía en semiconductores y diversificación de cadenas de suministro. El consenso europeo, sin embargo, es frágil. Alemania teme represalias que paralicen su industria, mientras España defiende actuar solo contra prácticas claramente desleales y aboga por acomodar a una China fuerte en el nuevo orden mundial.
La incógnita china y el coste de seguir esperando
El 11 de junio, China canceló dos reuniones de alto nivel con la UE. Su enfrentamiento comercial con Estados Unidos parece haber reforzado la confianza de Pekín, que muestra escasa paciencia ante las críticas europeas sobre subvenciones o exceso de capacidad.
Los analistas esperan que China responda con medidas firmes pero calibradas —restricciones a exportaciones de tierras raras, por ejemplo— antes que con una guerra comercial a gran escala. Los recientes decretos chinos sobre cadenas de suministro revelan, no obstante, una intención clara: mantener al mundo en posición de dependencia.
Lo que viene ahora dependerá de si Europa logra superar sus propias divisiones internas antes de que el coste de la inacción se vuelva insostenible. «La prioridad debería ser reducir las dependencias cuanto antes; de lo contrario, las amenazas de recurrir a instrumentos de defensa comercial perderán credibilidad», advierte un alto cargo alemán. La cumbre del 18 de junio fue un primer termómetro. Las decisiones que lleguen después dirán si Europa estaba dispuesta a algo más que hablar.
