En un humedal de la montaña alavesa, aparentemente sin historia que contar, se acumulan más de dos mil años de memoria. La Laguna de Payueta, próxima a la pequeña ciudad medieval de Peñacerrada-Urizaharra, guarda en sus sedimentos y pólenes fósiles un registro que los documentos escritos nunca recogieron.
Un equipo multidisciplinar de investigadores ha comenzado a descifrar ese archivo por primera vez. Lo que han encontrado cuestiona algunos de los relatos más asentados sobre Roma, la Edad Media y quién moldeó realmente estos paisajes.
Un humedal como archivo de la historia
La Laguna de Payueta se sitúa en la montaña alavesa, entre el tramo riojano del valle del Ebro al sur y el condado de Treviño al norte. Su aspecto es discreto, pero su fondo acumula siglos de información que ningún cronista dejó por escrito.
El estudio es el primero de su tipo en esta comarca. Lo financia la Fundación Palarq y lo lleva a cabo un equipo con investigadores de varias universidades, cuyas especialidades abarcan la geoarqueología, la arqueología ambiental, el análisis de paisajes y el estudio histórico del campesinado.
La metodología combina la lectura de sedimentos y pólenes fósiles con estudios poblacionales e históricos. Esa combinación permite reconstruir qué actividades se desarrollaron, cómo evolucionó la vegetación y cómo las sociedades respondieron al clima a lo largo del tiempo.
Las montañas han sido históricamente ignoradas por la arqueología, tratadas como espacios periféricos frente a valles y llanuras. Los avances técnicos recientes están corrigiendo ese sesgo, y Payueta ilustra con precisión lo que puede encontrarse cuando se mira donde antes nadie miraba.
De la Edad del Hierro a Roma: un paisaje que ya era un artefacto
Durante la Edad del Hierro, hayas, robles y alisos dominaban el entorno de la laguna. Había cultivo de cereales y centeno, pero la huella humana era de baja intensidad. Al otro lado de la Sierra de Cantabria florecían grandes asentamientos fortificados como La Hoya, en un paisaje mucho más transformado.
El cambio llegó en torno al cambio de era, entre el 200 a.C. y el 100 d.C. La cubierta arbórea cayó al 50 % y el uso ganadero se volvió evidente. Apareció también la arboricultura: el bosque dejó de ser natural y pasó a ser un espacio gestionado de forma deliberada.
Los datos del período romano no confirman la imagen de Roma como agente deforestador, ni la de las montañas como espacios marginales intactos. Muestran una reconfiguración consciente. El robledal se expande, y aparece el olivo a 700 metros de altitud, indicador del episodio cálido romano.
No hubo deforestación masiva ni abandono. Mientras el fondo del valle riojano apostaba por la viticultura, estas comunidades eligieron los pastos arbolados y la ganadería porcina: una economía de montaña distinta, pero integrada con la del llano.
El giro medieval: campesinos antes que reyes
La fecha clave son los siglos VI y VII. Los registros polínicos muestran entonces un vuelco sin retorno: deforestación intensa, expansión de prados y cultivos, generalización del castaño y el nogal. El olivo se mantiene a pesar de que el clima ya se había enfriado respecto a la época romana.
La Edad Media en estas montañas no comenzó con aristócratas. Comenzó con comunidades campesinas que transformaron el paisaje y fundaron las primeras aldeas —Payueta, Loza, Berganzo y Urizaharra— mucho antes de que llegaran los poderosos, visibles después en la construcción del castillo de Urizaharra.
Lo más llamativo es la estabilidad posterior. Durante setecientos años, ese paisaje medieval se mantuvo prácticamente igual. La conquista islámica, la formación del condado alavés, la expansión del reino de Pamplona, la consolidación de dominios señoriales: ninguno de esos procesos dejó una huella inmediata sobre el territorio.
Las comunidades que gestionaban el paisaje se transformaron, pero el paisaje en sí mostró una resiliencia notable. Las grandes narrativas políticas, al parecer, no se traducen automáticamente en cambios sobre el terreno.
Cuando el poder sí dejó huella: Alfonso X y la Pequeña Edad del Hielo
En 1256, Alfonso X el Sabio fundó Peñacerrada. La aldea y el castillo de Urizaharra fueron abandonados, surgió un nuevo orden territorial controlado desde arriba, y el paisaje lo acusó de inmediato.
Las encinas sustituyeron a robles y hayas. La ganadería local, basada en rebaños que conocían cada palmo del territorio, cedió ante la trashumancia organizada desde la nueva villa. Los olivos, nogales y castaños retrocedieron: eran los árboles de una economía campesina autónoma que dejaba de existir.
Todo esto coincidió con el inicio de la Pequeña Edad del Hielo, cuando el clima se volvió más frío y húmedo. La laguna registra en ese período algo más que un cambio ecológico: registra la huella de un poder que reorganizó vidas, economías y paisajes de forma visible y duradera.
Lo que el paisaje dice cuando los documentos callan
La investigación se extiende ahora al análisis paleoambiental de Pancorbo, en Burgos, situada en un desfiladero de La Bureba. El objetivo es comparar el impacto de la fundación de ciudades medievales en distintos paisajes y ampliar lo aprendido en Payueta.
Estos hallazgos tienen especial relevancia en comarcas sin grandes yacimientos ni monumentos. Son microhistorias construidas desde abajo, desde el suelo y el polen, no desde los archivos de los poderosos.
Las grandes narrativas —Roma como transformadora total, la Edad Media como caos y abandono— se complican cuando se desciende al nivel de las comunidades que cada día decidían cómo usar su entorno. No se trata de refutarlas, sino de enriquecerlas con lo que nunca se escribió.
La pregunta que deja este estudio no es solo qué ocurrió en una laguna alavesa hace dos mil años. Es cuántas historias similares siguen esperando bajo el barro de humedales que todavía nadie ha pensado en leer.
