Llegó con dos días libres y una lista de ciudades pendientes. Se fue una semana después, con el paso más lento y la agenda olvidada en algún café con vistas al río.
Cuenca, en el sur de Ecuador, tiene esa capacidad extraña de retener a quienes la visitan sin que nadie sepa explicar bien por qué. Quizás son sus calles empedradas, el murmullo de los cuatro ríos que la atraviesan o el olor a hierba y especias que llega desde los mercados. O quizás es el silencio inusual de un centro histórico declarado Patrimonio de la Humanidad que, sin embargo, no parece un museo.
Un centro histórico que no parece un museo
El parque Calderón es el corazón de Cuenca, y lo primero que llama la atención es lo poco turístico que resulta. Estudiantes leyendo, familias conversando, vecinos que cruzan la plaza sin detenerse a mirar los edificios. Un punto de encuentro cotidiano, no un escenario preparado para fotografías.
Los edificios, sin embargo, están ahí. La Catedral Vieja, construida en el siglo XVI, refleja la sobriedad del periodo colonial temprano. A pocos metros, la Catedral Nueva despliega sus grandes cúpulas revestidas de azulejos azules. Juntas narran la evolución de una ciudad que no ha borrado sus capas históricas.
La Unesco declaró el centro histórico de Cuenca Patrimonio de la Humanidad por la coherencia arquitectónica y el buen estado de conservación de sus edificios. Lo que no aparece en los documentos oficiales es el detalle más relevante: la historia aquí no funciona como decorado estático.
Muchas casas coloniales con balcones de hierro y portones de madera tallada albergan hoy cafeterías, galerías y pequeños hoteles. La arquitectura se usa. Se vive. Esa continuidad entre pasado y presente es lo que hace que recorrer el casco histórico a pie se sienta como algo natural, no como una obligación turística.
Los ríos que dan forma a la ciudad
Cuenca tiene cuatro ríos: Tomebamba, Yanuncay, Tarqui y Machángara. No son un elemento paisajístico secundario sino parte de la estructura misma de la ciudad, corredores verdes que aparecen entre los barrios y orientan el paso de quien camina sin rumbo definido.
El Tomebamba es el más visible desde el centro histórico. Sus orillas cuentan con senderos peatonales que permiten avanzar junto al agua durante largos tramos, entre parques y jardines. Es el tipo de paseo que no tiene un destino claro y que, por eso mismo, resulta difícil de interrumpir.
En algunos puntos de la ribera, antiguos edificios industriales se han transformado en centros culturales y talleres artesanales. Desde el puente de El Vado, la vista resume bien lo que es Cuenca: casas con balcones de madera asomadas sobre el cauce, algunas con una inclinación que parece desafiar la gravedad, en una imagen donde lo construido y lo natural conviven sin estridencias.
Mercados, sabores y tradiciones que siguen vivas
Entender Cuenca sin pasar por sus mercados es quedarse con la mitad del relato. El mercado 10 de Agosto, en la calle Larga, concentra frutas difíciles de encontrar fuera de Ecuador —naranjilla, babaco— junto a hierbas medicinales andinas y quesos frescos elaborados en comunidades rurales cercanas.
En la planta superior están los comedores populares. Mote pillo, hornado, locro de papa. Platos abundantes que combinan tradiciones indígenas y españolas sin que nadie haya tenido que negociar ese equilibrio. Simplemente ocurrió, con el tiempo.
Para quienes prefieren un entorno más cuidado, restaurantes como Tiesto’s reinterpretan esas mismas recetas con ingredientes andinos y técnicas contemporáneas. Raymipampa, cerca del parque Calderón, apuesta por la versión más tradicional; el locro de papa y el seco de chivo son sus referencias habituales.
El mercado, en todo caso, va más allá de la comida. Las conversaciones entre vendedores y clientes, los vínculos entre generaciones de familias que llevan décadas en el mismo puesto, las compras cotidianas que nadie hace pensando en el turismo. Todo eso convierte la visita en una ventana a la vida local que ningún restaurante puede replicar del todo.
El arte de tejer: sombreros, filigrana y memoria artesanal
Los llamados «sombreros de Panamá» no son de Panamá. Su origen está en Ecuador, en las provincias cercanas a Cuenca, donde artesanos tejen a mano fibras de paja toquilla con una precisión que puede llevar días o semanas según la calidad buscada. Algunos tienen tramas tan densas que apenas dejan pasar la luz.
La fábrica Homero Ortega es una referencia para entender este proceso: allí es posible seguir cada etapa de la fabricación y conocer la historia de una tradición que sobrevivió a modas, exportaciones y malentendidos geográficos.
La artesanía de la región no se limita a los sombreros. En Gualaceo se elaboran prendas de lana con técnicas transmitidas entre generaciones; en Chordeleg, la especialidad es la filigrana de oro y plata, visible en talleres abiertos al visitante donde el trabajo es tan delicado que parece improbable realizarlo a mano. Estos oficios no son solo atractivos turísticos. Son economías vivas, conocimientos que pasan de padres a hijos, formas de identidad que persisten porque alguien decidió seguir aprendiéndolas.
El entorno: páramos, lagunas y pueblos que amplían el viaje
A 30 kilómetros de la ciudad está el Parque Nacional Cajas. Lagunas dispersas entre colinas cubiertas de vegetación de páramo, clima frío y cambiante, senderos que transitan por ecosistemas donde habitan aves andinas adaptadas a la altitud. Un paisaje que contrasta con la calidez del centro histórico y que, sin embargo, parece parte del mismo viaje.
Gualaceo y Chordeleg son paradas naturales para quien quiera ver de cerca la artesanía textil y la filigrana. Ambos pueblos están lo suficientemente cerca como para visitarlos en una excursión de un día, sin necesidad de planificar demasiado.
El entorno de Cuenca no es un complemento opcional. Es una extensión del mismo ritmo que define la ciudad: pausado, concreto, sin urgencia.
Hay ciudades que se visitan y ciudades que se habitan, aunque sea por unos días. Cuenca pertenece con claridad a la segunda categoría. Y eso invita a una pregunta más amplia: ¿cuántos lugares pasamos por alto porque no encajan en el formato de lo que esperamos encontrar? A veces, la ciudad que no estaba en la lista es exactamente la que necesitabas.
