Esperanza Clares lleva años inclinada sobre legajos amarillentos en archivos donde no suena nada. No hay grabaciones que reproducir, ni registros sonoros que consultar. Solo papel: periódicos del siglo XIX, manuscritos parroquiales, testamentos con cláusulas musicales olvidadas.
De esos silencios, esta musicóloga e investigadora murciana intenta reconstruir una ciudad que vivía, salía al teatro y encargaba misas cantadas. La paradoja es su método: escuchar el pasado donde nadie más ha pensado en buscar.
Un archivo como escenario
Clares estudió Musicología en la Universidad de Granada, pero desde el principio tuvo claro que su lugar no estaba en el escenario. Su familia respiraba música: hermanos instrumentistas de cuerda, un entorno que rozaba también la fotografía, la dramaturgia y la pintura. Ella eligió otro camino. «Yo me veía en un archivo entre legajos», resume. Esa frase lo explica todo.
La decisión fue deliberada. Mientras otros buscaban la interpretación, ella buscaba el documento. La música, para Clares, no es un fin en sí misma sino una herramienta para comprender cómo vivía una sociedad. Eso convierte cada partitura, cada anuncio de periódico y cada testamento en una fuente histórica tan válida como cualquier acta política.
Hoy su perfil abarca la investigación, la docencia universitaria y la gestión cultural. Imparte Historia de la Música y metodología de investigación, coordina un máster y dirige el Aula de Música de su universidad. El archivo, sin embargo, sigue siendo su escenario principal.
La Murcia que salía al teatro y tomaba café con música
Su tesis doctoral fue un trabajo casi detectivesco: Clares vació miles de ejemplares de prensa histórica para reconstruir la vida musical murciana del siglo XIX, y el resultado desmonta tópicos con datos concretos.
En la segunda mitad de ese siglo, el Teatro Romea acogió más de 4.000 funciones de zarzuela y más de 200 de ópera. No era una ciudad aislada ni culturalmente secundaria. Artistas internacionales actuaban en sus escenarios; las bandas municipales ofrecían conciertos al aire libre accesibles para toda la población.
Aquella Murcia estaba plenamente integrada en los circuitos culturales europeos, y la música no funcionaba como privilegio reservado a las élites sino como motor de democratización. Una ciudad que los tópicos habían subestimado resultó ser un lugar donde la gente salía por las tardes, tomaba café escuchando música en vivo y llenaba los teatros con regularidad.
Testamentos que pagaban música durante generaciones
Su investigación más reciente retrocede aún más en el tiempo. Clares ha estudiado la relación entre música y muerte en la Murcia del siglo XVIII, y los hallazgos resultan llamativos.
Numerosos ciudadanos incluían en sus testamentos cláusulas musicales: dejaban tierras o rentas para financiar misas cantadas perpetuas por su alma y, en algunos casos, encargaban también la composición de obras nuevas para esas celebraciones. Era un mecenazgo póstumo que sostenía a sacerdotes y músicos durante generaciones enteras.
Algunos de esos encargos se prolongaron hasta el siglo XX. Lo que comenzó como un gesto religioso privado acabó convirtiéndose en fuente de sustento para toda una cadena de músicos anónimos a lo largo de décadas. En esos mismos archivos aparecen figuras olvidadas: el barítono murciano Mariano Padilla fue una estrella internacional en la Europa del siglo XIX, y los pequeños sextetos que animaban los cafés de la Trapería formaban parte de la vida cotidiana. Historias aparentemente menores que, reunidas, dibujan una ciudad real y sonora.
Sacar la cultura universitaria a la calle
La investigación de Clares no se queda en el papel. Desde la dirección del Aula de Música universitaria ha construido una programación variada: orquesta especializada en música antigua, coral participativa, ciclos de flamenco y colaboraciones con otras disciplinas artísticas.
Su iniciativa más visible es el premio UMurgentes. Nació de un censo propio: Clares identificó a estudiantes y antiguos alumnos con grupos musicales activos, y los seleccionados actúan en distintos espacios de la ciudad gracias a la colaboración institucional. El objetivo es convertir la producción cultural universitaria en patrimonio compartido con la ciudadanía.
Detrás de esa iniciativa hay una convicción que orienta todo su trabajo. La investigación académica no puede quedarse encerrada en la publicación especializada; debe llegar al ciudadano en un lenguaje accesible y en espacios cotidianos.
La música como documento histórico
Clares defiende una idea que atraviesa toda su trayectoria: la musicología no consiste solo en analizar partituras, sino en entender cómo vive una sociedad. La música revela quién se relaciona con quién, qué espacios se habitan, cómo se construye la identidad colectiva.
Un café, un barítono olvidado, una misa encargada en un testamento. Cada una de esas historias contiene información sobre la vida real de una ciudad y, juntas, forman un retrato más honesto que muchas crónicas oficiales.
Vale la pena detenerse en esa idea. Cuántas otras ciudades guardan en sus archivos una vida cultural insospechada, esperando a alguien dispuesto a escuchar donde nadie ha mirado. El trabajo de Esperanza Clares no solo rescata el pasado de Murcia: nos recuerda que el silencio de los archivos no significa ausencia, sino que nadie ha formulado todavía la pregunta adecuada.
