Cada año, 1,7 millones de personas visitan la Catedral de Barcelona. Muchas más cruzan su plaza sin detenerse. Casi ninguna repara en lo que hay incrustado en la muralla romana al pie de la cuesta hacia la calle del Bisbe: no un arco de acueducto, sino dos, separados apenas por una columna de sillares de piedra.
Esa anomalía visible lleva décadas dividiendo a los arqueólogos. ¿Tuvo la antigua Barcino romana un acueducto o dos? La respuesta, todavía hoy, depende de a quién se le pregunte.
Un detalle casi invisible que divide a los expertos
La columna de sillares que separa los dos arcos no es un capricho constructivo ni un refuerzo estructural. Para algunos especialistas, es la prueba de que dos acueductos distintos abastecían la antigua Barcino. Para otros, es simplemente la bifurcación de uno solo.
Las posiciones están bien definidas. Isabel Rodà, catedrática de arqueología de la UAB, sostiene que entraban dos acueductos. Carme Miró, responsable del Pla Barcino del Servei d’Arqueologia de Barcelona, defiende que solo hubo uno. Eduard Riu-Barrera, arqueólogo de la Generalitat, adopta una postura intermedia: puede que fueran dos. El debate no es menor —junto con la orientación del fórum y el templo, el número de acueductos de Barcino figura entre las controversias más persistentes de la arqueología romana barcelonesa— y sigue abierto.
Lo que sí se sabe: once kilómetros de ingeniería romana
Hay un punto en el que todos los especialistas coinciden: los romanos construyeron una infraestructura de unos once kilómetros que traía agua desde alguna mina freática en Montcada i Reixac. La fuente exacta no se ha localizado todavía.
Los estudios contemporáneos han medido la inclinación del canal: exactamente el 1,2%. El arquitecto romano Vitruvio, que estableció el canon de construcción de las ciudades del Imperio, señalaba ese porcentaje como el idóneo para los acueductos. Que Barcino lo siguiera con esa precisión dice mucho de la competencia técnica de sus ingenieros.
Esa infraestructura no desapareció con Roma. Persistió durante la Edad Media, transformada en el Rec Comtal, con usos agrícolas e industriales que alimentaron molinos, manufacturas y, más adelante, la industria textil. En 1988, el aficionado Alfred Lloré detectó durante unas obras en la calle Duran i Bas la estructura del acueducto integrada en una pared medianera. Hoy se puede visitar: un hallazgo fortuito que confirmó lo que los documentos medievales ya insinuaban.
El problema del agua de Collserola y la pista del calcio
Una de las hipótesis descartadas es que Barcino recibiera agua desde Collserola. El arqueólogo Héctor Orengo diseñó un modelo digital del terreno que muestra el problema: la diferencia de altura habría generado una presión hidráulica excesiva en las conducciones. Los romanos conocían la solución —la llamada «rotura de carga», depósitos intermedios que frenaban la velocidad del agua antes de que alcanzara la ciudad— pero hay otra pista, esta vez química, que complica las cosas.
El agua de Collserola es muy calcárea. De haber circulado por las tuberías interiores de Barcino durante décadas, habría dejado depósitos de cal visibles. Hasta hoy, no hay rastro de esa calcificación en las conducciones conocidas. La ausencia de evidencia no es prueba definitiva, pero resulta difícil de ignorar.
Riu-Barrera apunta a una segunda posibilidad más modesta: una aportación menor desde Vallcarca a través de Gràcia. Él mismo la relativiza. Debió tener poca trascendencia, dice, porque desaparece sin dejar huella.
La teoría más reciente: un solo acueducto, dos entradas
Las investigaciones más recientes apuntan a una solución aparentemente sencilla: hubo un único acueducto que, al llegar a la muralla, se dividía en dos entradas. Los dos arcos de la plaza de la Catedral no serían dos infraestructuras distintas, sino los dos brazos de una misma.
Laia Macià, especialista del Servei d’Arqueologia municipal, respalda esta lógica. El agua siempre sigue el mismo camino, razona. Si hubieran existido dos acueductos independientes, habrían funcionado hasta la Edad Media y habría algún registro de ambos —y no lo hay.
Orengo reconoce que la hipótesis ha generado resistencia. La idea de un solo acueducto con dos entradas ha sentado mal en algunos ámbitos académicos, explica. Es una fricción que va más allá del debate técnico: refleja la tensión entre los métodos digitales de modelado del terreno y la arqueología clásica basada en el registro material. Ramon Járrega, investigador del Institut Català d’Arqueologia Clàssica, se muestra escéptico: la idea de que un único acueducto se divida en dos al entrar en la ciudad le parece muy dudosa.
Una disputa que va más allá de las piedras
Isabel Rodà no oculta su malestar con la dinámica actual de la investigación. Critica la presión por publicar sin reflexión suficiente: «Lo lanzo y a ver qué pasa», resume con ironía. Cuestionar los modelos establecidos, sostiene, exige más que un modelo digital convincente.
La disputa expone una tensión metodológica real. La arqueología clásica trabaja con lo que se puede tocar, medir y datar; los modelos digitales del terreno permiten simular lo que nunca se excavó. Ambos enfoques tienen límites. Ninguno tiene la última palabra.
Lo que sí es seguro es que el agua era capital para Barcino. La ciudad contó con al menos tres termas, instalaciones que exigían un suministro constante y abundante. Sin una infraestructura hidráulica sólida, esa vida urbana habría sido imposible.
Dos mil años después, los arcos siguen ahí, incrustados en la muralla, indiferentes al debate que generan. Quizá lo más revelador no sea la respuesta que los arqueólogos buscan, sino el hecho de que una ciudad moderna de millón y medio de habitantes camine cada día sobre preguntas que todavía no sabe responder.
