Agosto en la costa mediterránea española suele significar toallas pegadas, colas para aparcar y la resignación de quien sabe que el mar habrá que compartirlo con media Europa. Es el precio asumido de veranear en el litoral alicantino, o eso cree la mayoría.
Pero a menos de diez kilómetros al sur de Torrevieja existe un enclave costero con bandera azul, arena fina y espacio de sobra para extender la toalla sin rozar al vecino. Un lugar que, pese a estar perfectamente comunicado y contar con todo lo necesario para pasar unos días de playa, sigue sin aparecer en los planes de la mayoría de viajeros nacionales. La pregunta es inevitable: ¿cómo es posible que nadie hable de él?
Un pueblo que casi no aparece en los mapas turísticos
La respuesta tiene mucho que ver con la geografía administrativa. Dehesa de Campoamor pertenece al término municipal de Orihuela, en la comarca de la Vega Baja del Segura, en el extremo sur de la provincia de Alicante. Al no ser un municipio independiente, esa falta de entidad propia lo ha mantenido fuera del radar del turismo masivo durante décadas.
Su ubicación, sin embargo, es inmejorable: a menos de diez kilómetros al sur de Torrevieja y a apenas quince minutos en coche de Guardamar del Segura. Dos destinos muy conocidos que, paradójicamente, han funcionado como pantalla. Todo el mundo habla de ellos y nadie menciona lo que hay en medio.
Pese a su modesto tamaño, el pueblo tiene supermercados, restaurantes, alojamientos y servicios básicos. Lo que no tiene es la saturación que acompaña a sus vecinos más reconocidos en julio y agosto.
Tres playas, todas con bandera azul y sin agobios
El argumento más sólido de Dehesa de Campoamor es su litoral: tres playas con bandera azul, arena fina y aguas limpias. Y, sobre todo, con espacio suficiente para que agosto no se sienta como agosto.
La playa de La Glea es la más extensa y la más animada, con paseo marítimo, terrazas y chiringuitos de ambiente tranquilo. Es la favorita de las familias por su fácil acceso y sus servicios, igual de válida para el baño de mañana que para tomar algo al caer el sol.
Barranco Rubio es más recogida, con aguas algo más calmadas. Para quienes viajan con niños pequeños, este es probablemente el lugar indicado: menos movimiento, un entorno que invita más al descanso que a la actividad.
Aguamarina, resguardada entre formaciones rocosas, tiene un carácter distinto. Sus fondos la hacen ideal para el snorkel y la observación marina. No es la playa para quien busca chiringuito y sombrilla, sino para quien quiere meterse en el agua con gafas y descubrir lo que hay debajo.
Senderos, pinares y calas: el litoral que se recorre a pie
Más allá de las playas principales, Dehesa de Campoamor cuenta con una red de senderos y pasarelas que recorre la costa conectando los distintos tramos del litoral. Esos caminos permiten descubrir pequeñas calas y disfrutar de panorámicas del Mediterráneo difíciles de encontrar en destinos más urbanizados.
El paisaje conserva un carácter natural poco habitual en esta franja costera. La urbanización no ha ganado aquí el terreno que ha conquistado en otros puntos del litoral alicantino, y eso se percibe cuando se camina por los senderos al atardecer. Hay algo en ese silencio que resulta casi anacrónico.
El pinar de Campoamor y la ribera del río Nacimiento añaden otra dimensión al destino. Es posible hacer rutas en bicicleta o simplemente pasear entre pinos con el mar de fondo, sin alejarse del núcleo urbano, lo que lo convierte en una opción práctica si se viaja con niños o con personas mayores.
Arroces con socarrat y cocina de toda la vida
La gastronomía del sur de Alicante tiene una identidad muy definida, y Dehesa de Campoamor la representa sin artificios. No hay estrellas Michelin ni cocina de autor. Hay arrocerías y restaurantes de toda la vida que llevan años haciendo bien lo mismo.
El arroz es la pieza central: arroz a banda, caldero marinero, arroz con verduras y conejo. Cada local tiene su versión y su forma de entenderlo, y algunos mantienen la elaboración al fuego de leña para conseguir ese punto de socarrat que, para muchos, marca la diferencia entre un buen arroz y uno memorable.
Dos referencias ineludibles de la zona son La Barraca de Campoamor y El Pony, clásicos que concentran buena parte de la memoria gastronómica del lugar.
Al final, Dehesa de Campoamor plantea una pregunta que va más allá de dónde pasar el verano. ¿Cuántos lugares como este quedan en el litoral mediterráneo? ¿Cuánto tiempo pueden seguir siendo un secreto antes de que el turismo masivo los descubra y los transforme? Quizás la mejor forma de disfrutarlos sea también la más responsable: ir, respetar el ritmo que tienen y no contárselo a demasiada gente.
