Alonso López tenía «unos veinte años, desbarbado y mediano de cuerpo» cuando se alistó como arcabucero en los Tercios en septiembre de 1570. Murió meses después en Ugíjar, durante la guerra de las Alpujarras, sin dejar rastro de testamento. Su historia habría permanecido enterrada de no ser por el trabajo de un historiador en el Archivo General de Simancas.
Allí, entre legajos apenas explorados, han aparecido más de un centenar de testamentos inéditos de soldados del siglo XVI: hombres jóvenes que, antes de entrar en combate, dictaban sus últimas palabras a un escribano o a un religioso, sabiendo que podían no regresar.
Un archivo lleno de últimas palabras
El historiador Juan Víctor Carboneras pasó meses revisando legajos en el Archivo General de Simancas para estudiar más de un centenar de testamentos de soldados del siglo XVI. Era, según sus propias palabras, una fuente «que no se ha investigado lo suficiente hasta ahora». En parte porque nunca existió una institución que recogiera estos documentos de forma sistemática.
Los textos aparecen firmados en los lugares más extremos: hospitales de campaña, vísperas de combate, asedios como el de Maastricht. El soldado testaba donde creía que iba a morir. La fórmula legal se repetía con una regularidad casi ritual: «Estoy mal de cuerpo, pero sano de juicio». Sin esa declaración, el documento carecía de validez.
La mayoría de los testamentos fueron transcritos por religiosos o escribanos. Aproximadamente el 20%, sin embargo, son ológrafos —escritos de puño y letra por el propio soldado—, lo que convierte esos papeles en algo mucho más íntimo y directo.
Jóvenes, pobres y creyentes: el perfil real del soldado de los Tercios
Los documentos desmienten uno de los estereotipos más persistentes sobre los Tercios. No era el veterano barbado y curtido de cincuenta años quien protagonizaba estas guerras: la mayoría de los soldados tenía entre 20 y 26 años. Carboneras encontró el testamento de un combatiente de 70, aunque reconoce que era una excepción llamativa.
Sus posesiones eran escasísimas. «No tenían prácticamente nada. Apenas dejaban bienes a nadie», señala el historiador. Hombres jóvenes que habían cruzado Europa con lo puesto, sin más capital que su vida y su oficio.
La fe religiosa ocupaba, con todo, un lugar central en sus últimas voluntades. Casi todos pedían misas por el descanso de su alma: de réquiem, cantadas, rezadas. Un soldado adinerado llegó a encargar doscientas. Los más pobres pedían a sus albaceas que vendieran sus escasos bienes en almoneda para sufragar las que pudieran; algunos solicitaban que se celebraran una vez que el rey les pagara el salario que aún les debía.
Redes de camaradería y destinatarios inesperados
Los beneficiarios más frecuentes eran los familiares. Esposas, hijos, madres. En varios testamentos el soldado pedía expresamente que alguien enviara una carta a su madre para comunicarle su muerte —un detalle pequeño que revela mucho sobre la distancia y el silencio que rodeaban a estas guerras.
Armas, ropa y otros bienes escasos se legaban también a compañeros de armas e incluso a superiores jerárquicos. Carboneras apunta que esto no era extraño: a veces se conocían de antes de que uno ascendiera de rango. La amistad precedía a la jerarquía.
Entre todos los hallazgos sobresale uno especialmente difícil de explicar. Una vivandera llamada María aparece como beneficiaria en los testamentos de al menos cinco soldados distintos. Nadie sabe por qué. Carboneras lo reconoce sin rodeos: «Desconozco el porqué». Esa red informal de afectos cruzados y lealtades silenciosas no aparece en ningún documento oficial de los Tercios.
Alonso López vuelve a Albaladejo: la recreación histórica que da voz a los olvidados
Este trabajo de archivo tiene una proyección pública concreta. La asociación «Albaladejo Siglo de Oro» celebra los días 4, 5 y 6 de septiembre su sexta edición, con 270 recreadores llegados de España, Italia, Francia, Portugal y Hungría. El evento reconstruirá la vida del pueblo tras la guerra de las Alpujarras: la llegada documentada de 21 moriscos deportados, la convivencia entre culturas y la presión que la monarquía ejercía sobre comunidades pequeñas obligadas a entregar hombres y recursos.
El punto culminante será la apertura simbólica del testamento de Alonso López, el arcabucero local muerto en 1571. Un gesto que convierte la investigación histórica en algo tangible y compartido. El programa incluye conferencias de expertos, representaciones de oficios de época, teatro del Siglo de Oro y actividades para todos los públicos.
Detrás de cada testamento hay alguien que tuvo miedo, que pensó en su madre, que quiso que alguien rezara por él. Estos cien documentos no son solo fuentes históricas. Son el recordatorio de que las guerras del pasado también las libraron personas concretas, con nombres, edades y muy pocas pertenencias. Vale la pena preguntarse cuántos Alonso López siguen esperando en algún archivo a que alguien les devuelva la voz.
