En el arco del Juicio Final del Pórtico de la Gloria, entre figuras retorcidas de dolor, un hombre de vientre hinchado muerde una empanada para toda la eternidad. La escena lleva ahí desde 1188, cuando el Maestro Mateo terminó su obra en la Catedral de Santiago de Compostela.
¿Qué hace un plato cotidiano en medio de los condenados? La respuesta, que los contemporáneos del escultor habrían entendido de inmediato, es solo uno de los enigmas que el historiador del arte Jorge Guitián descifra en Comer con los ojos, un recorrido por siglos de arte occidental donde la gastronomía esconde mucho más de lo que parece.
La empanada más antigua de Occidente y su condena eterna
El hombre del Pórtico de la Gloria no come por placer. Come por castigo. Lo que los investigadores consideran la primera representación de una empanada en la escultura occidental fue esculpido en 1188 por el Maestro Mateo, aunque situado en el lugar más sombrío posible: el arco del Juicio Final, entre los condenados.
El pecado representado es la gula. El castigo, preciso en su crueldad: el condenado intenta tragar ese bocado eternamente sin conseguirlo. Una audiencia analfabeta del siglo XII no necesitaba explicación alguna; leía el lenguaje visual de su época con la misma inmediatez con que hoy interpretamos un icono en la pantalla del móvil.
La presencia de la empanada tampoco es solo teológica. Confirma que ese alimento ya era popular en la Galicia del siglo XII, con raíces en el Mediterráneo oriental o en Asia central. Comercio, migración y cultura condensados en una masa rellena esculpida en piedra.
Leer el arte con el estómago: el proyecto de Jorge Guitián
Guitián es historiador del arte y lleva casi veinte años escribiendo sobre gastronomía. Su libro Comer con los ojos (Espasa) recorre 31 obras —pinturas, grabados y esa escultura del Maestro Mateo— para analizar la comida como código cultural.
El método bebe de Una historia del mundo en cien objetos, el proyecto con el que el Museo Británico utilizó objetos cotidianos para narrar la evolución de las sociedades humanas. Guitián aplica la misma lógica a lecheras, bodegones, cocinas y celebraciones. El resultado es un libro que funciona a la vez como historia del arte y como arqueología de los hábitos colectivos.
Su diagnóstico es directo: la gastronomía en el arte ha sido sistemáticamente ignorada. «Hemos tendido a pasarla por alto», afirma. «Más allá a veces de un carácter simbólico de determinados motivos, no hemos bajado a profundizar en los cómo y en los porqué.» El libro es, en ese sentido, una corrección colectiva.
Una naranja que es geopolítica: el poder escondido en los bodegones
En el Bodegón con porcelana y copa nautilo de Willem Kalf, una naranja ocupa el centro visual del cuadro. No es una fruta. Es una declaración de victoria neerlandesa sobre Portugal y una alusión directa al control del estrecho de Ormuz.
En el siglo XVII, la naranja era un lujo en las cortes del norte de Europa. La guerra con Portugal había cortado el suministro, y cuando la República Neerlandesa recuperó ese acceso, Kalf lo inmortalizó en óleo. «Es así como una fruta deja de ser una fruta para convertirse en un icono», explica Guitián.
El Bodegón con servicio de chocolate y bollos de Luis Meléndez (1770) añade otra dimensión. Refleja la moda del cacao en España, pero también la desigualdad: el propio pintor no podía permitirse el servicio completo de porcelana y completó la composición con una chocolatera de cobre. La aspiración de clase, visible en el detalle más doméstico.
El pan como símbolo universal: de la alquimia medieval a la propaganda soviética
Panes soviéticos, el óleo de Ilyá Maskov pintado en 1936, reúne panes de todas las repúblicas de la URSS: kalach eslavo, makivnik ucraniano, sakotis lituano. Una declaración de unidad pintada mientras el país atravesaba una hambruna. Maskov, señala Guitián, no pintó un bodegón: pintó una ideología.
El pan funciona como vehículo simbólico en casi todas las culturas porque su carácter esencial lo hace universal. Guitián lo formula con precisión: grano crudo, agua, calor. Un proceso que durante siglos pareció casi alquímico. «El grano de cereal en crudo no es digerible, y de pronto con este proceso se convierte en el alimento central.» Zurbarán lo empleó para la doctrina religiosa; la URSS, para la propaganda política. El soporte cambia, pero la carga simbólica permanece.
Clases sociales en el plato: lo que separa el mantel blanco del orinal del niño
En Salón campesino con visitantes nobles de Marten van Cleeve (c. 1566), la composición divide el cuadro en dos mundos. A la izquierda, nobles con mantel blanco y fuente de jamón. A la derecha, ollas humeantes, un buey abierto en canal y el orinal de un niño. La desigualdad social queda codificada en lo que cada grupo tiene en el plato, sin que el pintor necesite añadir ningún comentario.
La lechera de Vermeer y la vendedora de frutas de Camoi documentan, cada una a su manera, la expansión comercial europea y el papel económico de la mujer. Frutas llegadas de Asia o América, pan y leche como ingredientes de una receta que nunca se nombra pero que la pintura preserva.
El arte contemporáneo sigue haciendo lo mismo. Los platos de pasta de las películas de Coppola y el gazpacho de Almodóvar son ya iconos culturales que dicen tanto de sus sociedades como cualquier bodegón barroco. Estos significados suelen ser subyacentes, advierte Guitián: el espectador de cada época los da por sobreentendidos, igual que ocurre hoy con nuestra propia iconografía alimentaria.
La pregunta más persistente que deja Comer con los ojos no es qué esconden esas obras del pasado, sino qué están codificando las imágenes de comida que producimos y consumimos ahora. Dentro de ocho siglos, alguien podría leerlas con la misma atención con que hoy miramos la empanada del Pórtico de la Gloria. Y encontrar, en lo que hoy parece trivial, el retrato exacto de quiénes fuimos.
