Caminar por Allariz es pisar historia sin saberlo. Literalmente: las piedras que forman sus calles empedradas, empinadas y laberínticas proceden del castillo medieval que Alfonso VI mandó construir en lo alto del monte do Castelo y que fue destruido en el siglo XV. Los vecinos dicen que el castillo está bajo sus pies y en su corazón.
Lo que llama la atención es lo que hay sobre esas piedras. Un municipio de 6.800 habitantes con supermercados, colegios, servicios médicos, un outlet de marcas gallegas, restaurantes con mención Michelin y un festival de jardines que recibe proyectos de todo el mundo. Y aun así, Allariz apenas aparece en los grandes titulares.
Muchos visitantes se marchan con una pregunta que no habían traído: ¿y si uno se quedara?
Un castillo bajo los pies y una identidad forjada en piedra
Las piedras de las calles de Allariz no son un detalle decorativo. Son el resultado de una decisión práctica tomada hace siglos: cuando el castillo de Alfonso VI fue destruido tras el asedio irmandiño en el siglo XV, el concello reutilizó sus bloques para pavimentar el pueblo. Hoy nadie levanta la vista buscando una torre. La historia está abajo, bajo los zapatos.
Esa lógica de reutilizar en lugar de demoler atraviesa toda la identidad del lugar. El casco antiguo, declarado conjunto histórico-artístico en 1971 y Premio Europeo de Urbanismo en 1994, ocupa la orilla izquierda del río Arnoia: un núcleo medieval peatonalizado, compacto y coherente. La orilla derecha alberga las construcciones modernas, los servicios, la vida cotidiana más reciente.
La división no genera conflicto. Al contrario, refuerza ese sentido de pertenencia que los vecinos llaman, sin grandilocuencia, el modelo Allariz. No se presenta como producto turístico. Se vive primero y se comparte después.
Del lino a la moda: la memoria de un trabajo que casi nadie recuerda ya
Durante siglos, el lino fue el motor económico de Allariz. Las condiciones del territorio eran óptimas para cultivarlo, y eran las mujeres quienes se encargaban de procesarlo: sembrar, arrancar, empozar, secar, mazar, espadar, blanquear, hilar. Lo hacían en invierno y en comunidad, mientras los hombres trabajaban en las labores agrícolas o emigraban temporalmente a Castilla.
Instalado en una casa del siglo XII, el Museo de la Moda recrea ese proceso completo. Muestra también cómo la economía doméstica evolucionó hacia la sastrería: las telas llegaban a las casas, las mujeres cosían prendas enteras o partes de ellas, y algunas de esas manos anónimas abastecían a firmas como Adolfo Domínguez o Purificación García.
Ese modelo desapareció con la industrialización. Cataluña y Valencia mecanizaron el sector; Allariz siguió siendo artesanal y dejó de ser competitiva. La industria fue apagándose, y con ella marchó mucha gente. Galicia se convirtió, durante décadas, en tierra de salida.
Las tenerías del Arnoia: cuando el río era una fábrica
Hoy el paseo fluvial junto al Arnoia es uno de los atractivos del municipio. Durante generaciones, sin embargo, esa misma orilla albergó hasta 35 fábricas de curtición de pieles que necesitaban el agua del río para el proceso y la usaban sin descanso.
El Museo Fábrica de Curtición Familia Nogueiras documenta ese oficio con rigor. El trabajo era duro en todos los sentidos: frío en invierno, calor en verano, contacto constante con cal viva, excrementos animales y taninos de corteza de roble. Los trabajadores operaban sin guantes ni mascarillas, agachados durante horas. No es difícil imaginar el estado de sus espaldas y sus pulmones.
La misma presión industrial que acabó con el lino terminó también con las tenerías. Las fábricas fueron cerrando una a una. Algunas de esas construcciones son hoy museos, cafeterías y hoteles, y esa rehabilitación es quizá el símbolo más claro de la apuesta de Allariz: conservar la memoria sin convertirla en decorado.
El modelo que funciona: sostenibilidad, cultura y sin franquicias
En los años noventa, el concello tomó una decisión que entonces parecía arriesgada. Recuperó locales y viviendas abandonadas del casco histórico, negoció precios razonables con los propietarios y atrajo marcas gallegas como Adolfo Domínguez o Roberto Verino. El resultado es un pequeño outlet que sigue funcionando y que ha resistido la tentación de las franquicias homogeneizadoras.
La antigua cárcel es hoy la Casa de la Cultura. El Festival Internacional de Xardíns convoca proyectos de todo el mundo entre mayo y octubre: se seleccionan doce jardines sobre una temática común, el público vota, y al terminar las plantas y estructuras se reutilizan en la decoración navideña.
El restaurante Marmurio do Río, abierto hace apenas dos años, recibió en 2026 una mención Michelin. Es una señal externa de que la apuesta por la calidad tiene recorrido. Pero lo que sostiene el modelo no es el reconocimiento exterior, sino una prioridad clara: el residente primero, el turista bienvenido.
Más allá del pueblo: castros, santuarios y quesos con historia
A pocos kilómetros de Allariz, el entorno amplía la propuesta. El castro de Armea, con unas 500 hectáreas excavadas, muestra la transición galaico-romana con una claridad poco habitual: calles empedradas, casas de dos alturas, uso de la teja. Lo que no tiene respuesta es por qué sus habitantes lo abandonaron y bajaron al valle hacia la actual Ourense.
La iglesia de Santa Mariña de Augas Santas guarda una cripta subterránea que fue sauna castreña antes de que el cristianismo la reinterpretara como escenario de martirio. Algunos investigadores sugieren que podría haber sido originalmente una cámara funeraria de hace 3.500 o 4.000 años. La incertidumbre forma parte del lugar.
En O Rexo, una quesería artesanal convive con una intervención del escultor vasco Agustín Ibarrola sobre piedras y árboles a orillas del Arnoia. Arte, ganadería y territorio en el mismo espacio. Nada aquí parece colocado para el visitante. Todo parece estar ahí por alguna razón anterior.
Quizá eso es lo que hace que la pregunta persista después de visitar Allariz. No es nostalgia ni romanticismo rural, sino algo más concreto: la sensación de que este lugar ha encontrado una manera de estar en el presente sin renunciar a lo que fue. Y eso, en un momento en que muchas ciudades parecen construidas para olvidar, resulta difícil de ignorar.
