En lo alto del monte Ezkaba, a pocos kilómetros de Pamplona, el Fuerte de San Cristóbal parece a primera vista una fortaleza militar más. Imponente, silenciosa, construida para una guerra que nunca llegó.
Lo que ocultan sus muros es otra historia: más de 7.000 presos republicanos recluidos en condiciones durísimas y uno de los mayores intentos de fuga carcelaria de la Europa del siglo XX. Ahora, por primera vez, ese pasado silenciado está a punto de abrirse al público.
Una fortaleza construida para una guerra que nunca llegó
Las obras comenzaron en 1878, impulsadas por una conclusión clara tras las guerras carlistas: Pamplona era vulnerable a los ataques de artillería desde el monte Ezkaba. La respuesta fue levantar allí una gran fortaleza. El resultado, décadas después, fue una construcción monumental conocida oficialmente como Fuerte de Alfonso XII, considerada una de las mayores fortalezas poligonales del Pirineo.
La historia militar, sin embargo, avanzó más rápido que las obras. La evolución de la artillería y el desarrollo de la aviación dejaron obsoleto este tipo de construcciones antes incluso de que el fuerte estuviera terminado. Cuando concluyeron los trabajos, en 1919, ya había perdido toda relevancia estratégica para la defensa de la ciudad.
Nunca cumplió la función para la que fue diseñado. Su historia, aun así, resultaría mucho más intensa de lo que nadie pudo prever.
Más de 7.000 presos republicanos entre sus muros
La transformación llegó en 1934, cuando el fuerte comenzó a usarse como prisión para presos de la Revolución de Asturias. Durante la Guerra Civil y los primeros años de la dictadura franquista, el recinto se convirtió en uno de los principales centros de reclusión republicana de España, y por sus galerías pasaron más de 7.000 personas procedentes de distintos puntos del país.
El hacinamiento y las enfermedades marcaron la vida cotidiana de los internos. Las condiciones eran especialmente duras. Con el tiempo, el antiguo complejo militar fue convirtiéndose en un símbolo de la represión franquista.
Uno de los vestigios más significativos del lugar es el llamado Cementerio de las Botellas. Los presos fallecidos eran enterrados con un frasco de vidrio que contenía sus datos identificativos: la única forma de dejar constancia de quién descansaba en cada sepultura.
La fuga de 795 presos: uno de los mayores intentos de evasión de Europa
El 22 de mayo de 1938, 795 presos lograron abandonar el recinto con el objetivo de alcanzar la frontera francesa atravesando las montañas navarras. Se considera una de las mayores fugas carcelarias registradas en Europa durante el siglo XX.
La persecución fue implacable. Los fugados se enfrentaron a un territorio que apenas conocían, sin recursos, con las fuerzas de seguridad pisándoles los talones. La búsqueda se extendió durante días por montes, bosques y pueblos de la zona.
Más de 200 murieron durante la persecución y la gran mayoría fueron recapturados. Solo tres hombres consiguieron cruzar a Francia.
Hoy ese recorrido tiene nombre propio: el GR-225, una ruta senderista señalizada que traza el camino que intentaron hacer aquellos presos. Una forma de vincular el paisaje navarro con uno de los episodios más significativos de la historia penitenciaria española.
Décadas de abandono y el lento camino hacia el reconocimiento
El fuerte dejó de funcionar como prisión en 1945. Tuvo distintos usos militares durante años hasta que el Ejército lo abandonó definitivamente en 1987, y desde entonces el paso del tiempo ha dejado una huella visible sobre muchas de sus estructuras.
Aun así, el conjunto conserva una presencia notable. Su tamaño, su posición en la cima del Ezkaba y las vistas sobre la cuenca de Pamplona siguen llamando la atención de quienes llegan hasta allí. En 2001 fue declarado Bien de Interés Cultural, un reconocimiento que puso de relieve tanto su valor arquitectónico como su relevancia histórica.
Durante años el acceso al interior estuvo muy restringido. El deterioro de las estructuras contrasta con la imponente presencia visual del conjunto, aunque los alrededores se convirtieron en destino habitual para senderistas que buscaban uno de los miradores más singulares de la zona.
Un Lugar de Memoria Democrática: el fuerte abre sus puertas al futuro
La última gran transformación del Fuerte de San Cristóbal ya está en marcha. El Estado lo ha declarado oficialmente Lugar de Memoria Democrática, dentro de un proyecto conjunto entre el Gobierno de Navarra y la Administración General del Estado para recuperar el espacio y hacerlo accesible a la ciudadanía.
El plan contempla visitas guiadas y la creación de un centro de interpretación sobre la historia de la fortaleza y su etapa como prisión. Antes de la apertura progresiva al público será necesario acometer trabajos de conservación y adecuación del recinto.
El objetivo es transformar un espacio marcado durante décadas por el encierro en un lugar dedicado a la divulgación y la memoria colectiva. Más de un siglo después de su construcción, el Fuerte de San Cristóbal se prepara para una nueva etapa: aquella en la que su historia dejará de permanecer oculta tras los muros para estar al alcance de cualquiera que suba al monte Ezkaba queriendo entender lo que allí ocurrió.
