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Jonás Trueba rodó una película sin dinero, sin guion y sin certezas: trece años después, sigue siendo su obra más libre

by Dirección
13 de junio de 2026
in Sin categoría
Jóvenes cineastas rodando de noche en una calle adoquinada del barrio de Lavapiés, Madrid, con una cámara de cine vintage

Una noche en Lavapiés: la esencia del cine libre, espontáneo y sin ataduras que define la obra más personal de Jonás Trueba.

En 2011, un grupo de amigos empezó a quedar para cenar en Lavapiés. A veces, al final de la noche, sacaban una cámara. Rodaban unos planos. No estaba del todo claro que aquello fuera a convertirse en una película.

Trece años después, Los ilusos vuelve a las salas transformada. Lo que nació como un gesto casi inconsciente —sin dinero, sin guion, sin certezas— regresa con nuevas preguntas sobre el tiempo, la ciudad y lo que significa crear algo junto a otros.

Una película que nadie sabía que iba a ser una película

En 2011, el cine español atravesaba una crisis profunda. Las televisiones que financiaban proyectos retiraban su apoyo y los modelos de producción heredados del siglo XX crujían. Jonás Trueba lo había vivido de cerca con su primera película y había llegado a una conclusión sencilla: el sistema no iba a facilitarle hacer lo que quería hacer.

Su respuesta fue reformular la pregunta. No «¿cómo consigo financiación?» sino «¿qué película puedo hacer sin que nada me impida hacerla?». De ahí nació Los ilusos: rodada con amigos, en ratos libres, sin salarios ni estructura convencional, sin saber si aquello terminaría siendo un filme.

Ese proceso fundó algo más que una película. Fue el origen de Los Ilusos Films y del núcleo creativo que ha acompañado a Trueba desde entonces —un pacto tácito entre personas que simplemente quedaban para cenar y, a veces, sacaban una cámara.

La precariedad como método y como filosofía

Sin personaje convencional, sin presupuesto, sin medios: las limitaciones no fueron obstáculos sino el material con el que se construyó la película. Trueba lo describe con precisión: «En las limitaciones se impone una personalidad. Es precisamente ahí donde sale más tu personalidad».

Todo el equipo renunció a algo. Vito Sanz no tenía un personaje en el sentido habitual ni recibía salario. Laura Renau en el vestuario y Santiago Racaj en la fotografía asumieron las mismas condiciones, igual que los demás. Esa renuncia colectiva no fue resignación —fue, según Sanz, una fuente inesperada de serenidad.

«Poder decirte que tienes la posibilidad de hacer algo por tu cuenta, con autonomía, junto a tus amigos tiene algo muy sereno», explica el actor. Para él, Los ilusos es la película que más le ha cambiado, tanto personal como profesionalmente.

Trueba va más lejos. La autolimitación, sostiene, tiene una dimensión filosófica que desborda el cine. Vivimos rodeados de mensajes que nos animan a superarnos, a no conformarnos nunca. Entender los límites como posibilidad es, en cambio, una forma distinta de estar en el mundo.

Los ilusos 13+13: el color que revela lo que el blanco y negro ocultaba

La nueva versión no sustituye la película original: la expande. Los ilusos 13+13 mantiene el montaje de 2013 pero incorpora el material en color rodado entre 2011 y 2012, poniéndolo en diálogo con las imágenes en blanco y negro. El resultado es una misma película vista desde dos temperaturas distintas.

Ese contraste visual revela algo que siempre estuvo ahí pero que el blanco y negro velaba: el lado costumbrista y cómico de la historia. La solemnidad que muchos espectadores percibieron en su momento era, en parte, un efecto del formato. Con el color, emerge otra película.

El proceso de restauración fotograma a fotograma fue también el detonante de una nueva lectura. Quien lo realizó fue el primero en señalar que estaba viendo un Madrid que ya no existía, y esa observación abrió una pregunta que la película no había formulado conscientemente.

Trueba señala algo más sobre la experiencia colectiva en sala. El humor, dice, funciona de manera distinta cuando se comparte. La mayoría del público vio Los ilusos en un ordenador portátil, y verla en colectivo cambia su ritmo, su tono y su capacidad de hacer reír.

Madrid como fantasma: la ciudad que la película capturó sin querer

Trece años después, Los ilusos funciona también como cápsula del tiempo. Bares cerrados, calles transformadas, el Lavapiés de la crisis económica: la película registró involuntariamente un Madrid que ya no existe. No había voluntad documental, pero la ciudad se coló en las imágenes.

Hay una paradoja en la escena de los cines. Trueba los filmó con una emoción especial, convencido de que muchos cerrarían pronto, casi como un réquiem. De los seis que aparecen en la película, todos siguen abiertos. Lo que parecía una despedida resultó ser un retrato.

El fenómeno no es exclusivo de Madrid. Vito Sanz lo conecta con el barrio del Carmen en València: una amiga suya lo recuerda completamente distinto a como era de pequeña. Las ciudades cambian sin pausa, y llega un momento en que uno empieza a ser consciente de ello. Cada espacio que desaparece es, dice Trueba, una pequeña muerte.

El estigma de lo pretencioso y la defensa de lo ligero

Hay una etiqueta que persigue a este tipo de cine: pretencioso, pedante, de autor. Trueba y Sanz conviven con ella desde la naturalidad de su amistad. «Si quieres ver pedantería en los demás, probablemente la vas a encontrar también en ti», responde Trueba.

Lo que más le interesa subrayar es que Los ilusos es, ante todo, una comedia. No convencional, pero sí una película que hace humor con cosas que podrían parecer muy serias: la muerte del cine, las crisis personales, el propio acto de crear. Siempre hay una ironía de fondo.

Sanz cumple dentro del universo de Trueba una función precisa: la de contrapeso popular y humorístico. «Puedes tener a un personaje leyendo un libro y, a continuación, un contraplano de Vito mirándolo», explica el director. Esa tensión equilibra lo que de otro modo podría volverse solemne.

Sobre la pretensión, Trueba zanja la cuestión con sencillez: «¿Qué significa pretender? Claro que una película pretende cosas». Pretender no es un defecto —es la condición mínima de cualquier acto creativo. La pregunta no es si una película pretende algo, sino si lo que pretende nace de un lugar auténtico.

Los ilusos nació de cenar con amigos y sacar una cámara. Eso, trece años después, sigue siendo su mejor argumento. Y tal vez valga la pena preguntarse cuántas otras cosas importantes empiezan exactamente igual: sin dinero, sin certezas, sin saber todavía qué forma van a tomar.

Tags: cine españolcomediacreación colectivaJonás TruebaLavapiésLos ilusospelículas independientes
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