El 28 de abril, los operadores de varias redes eléctricas europeas detectaron exactamente las mismas señales de alarma que precedieron al gran apagón de España. Ninguno de ellos se quedó a oscuras.
La paradoja no ha pasado desapercibida en el sector. Vijay V. Vaitheeswaran, analista energético con más de tres décadas en The Economist y presente esta semana en Madrid para la conferencia Energy Prospectives, lo dice sin ambages: los operadores europeos todavía no comprenden por qué España no reaccionó como ellos. La diferencia, sostiene, no estaba en las señales. Estaba en lo que cada sistema tenía preparado para responder.
La misma señal, dos respuestas distintas
Según Vaitheeswaran, los operadores europeos detectaron las mismas alarmas previas al apagón español en al menos dos ocasiones durante los 18 meses anteriores al incidente. No es una coincidencia técnica menor. Es una comparación directa: mismas señales, resultado distinto.
La diferencia estaba en la capacidad de respuesta disponible. Esos operadores contaban con baterías a gran escala ya desplegadas, y sus sistemas sabían cómo activarlas. España no disponía de esa capacidad operativa en ese momento, y el resultado fue un apagón que dejó sin suministro a hospitales y hogares. Sus homólogos europeos, afirma el analista, «siguen sin entender» por qué España no adoptó las mismas medidas.
El caso de Texas refuerza el argumento. El estado estadounidense opera con una penetración de renovables comparable a la española, pero con una capacidad de baterías a escala de red muy superior. Sin esa diferencia, el diagnóstico habría sido idéntico al de España. Con ella, los fallos sistémicos equivalentes nunca llegaron a materializarse.
El problema real no era la energía solar
Vaitheeswaran establece una distinción que el debate público tiende a ignorar. Los recortes de producción y los precios negativos son «dolores de mercado»: perjudican a los inversores, pero forman parte del proceso normal de transición. Los apagones son otra cosa: un problema de seguridad de un orden completamente diferente.
Las baterías responden a ambos problemas, aunque por razones distintas. Absorben excedentes de generación y los liberan cuando la red los necesita; al mismo tiempo, aportan la estabilidad instantánea que evita el colapso en cascada.
El diagnóstico erróneo —atribuir el fallo a las renovables en lugar de señalar la falta de almacenamiento— no es un error inocente. Distorsiona el debate político y retrasa las soluciones adecuadas. Mientras el foco permanece en la fuente de generación, la pieza que falta sigue sin instalarse. Y el tiempo no juega a favor de nadie.
Las redes europeas tienen entre 30 y 50 años de antigüedad y nunca se diseñaron para gestionar los flujos bidireccionales que hoy generan los paneles solares, los vehículos eléctricos y las bombas de calor. La infraestructura heredada, sencillamente, no estaba concebida para el sistema que ahora debe soportar.
El cierre nuclear: ¿decisión técnica o ideológica?
El plan de España de cerrar su flota nuclear antes de 2035 recibe una valoración directa. La decisión, dice Vaitheeswaran, «suspende las tres pruebas» del trilema energético: seguridad de suministro, asequibilidad y descarbonización. Las tres a la vez.
El argumento no es ideológico en sentido contrario. Es pragmático. Los reactores existentes tienen sus costes de capital ya amortizados y producen energía firme, disponible las 24 horas del día y libre de emisiones. Cerrarlos implica asumir mayores costes y menor fiabilidad sin una justificación técnica clara.
La tendencia en otros países apunta en dirección opuesta. Microsoft está pagando para reactivar Three Mile Island. Japón está reiniciando reactores que cerró tras Fukushima. Vaitheeswaran pregunta con cierta incredulidad: ¿por qué clausurar energía segura, ya construida, ya pagada y de bajas emisiones?
El analista reconoce que el debate sobre nuevas centrales nucleares es más complejo, dado el coste actual de las renovables y las baterías. Pero esa complejidad no aplica a los reactores ya existentes. Son activos en funcionamiento, y mantenerlos es una decisión de naturaleza distinta a construir otros nuevos.
La transición que no espera a los gobiernos
Vaitheeswaran identifica seis fuerzas estructurales que están acelerando la transición energética desde abajo: securitización, exponencialidad, electrificación, innovación, digitalización y descarbonización. Ninguna depende de que un gobierno fije un objetivo para 2050.
La electrificación es, a su juicio, la tendencia más potente a largo plazo. La AIE proyecta que crece a más del doble del ritmo de la demanda energética general hasta 2030, lo que configura un superciclo de inversión en infraestructura de red: turbinas, transformadores, equipos de distribución.
A eso se suma el colapso de costes que el IRENA prevé para 2030. Si las proyecciones se cumplen, el almacenamiento a escala de red y la energía solar serán más baratos que el gas o el carbón en muchos mercados, y el gas de reserva para horas punta dejará de ser necesario.
India emerge como referente inesperado en diseño de mercado. Sus subastas de energía limpia y firme son tecnológicamente neutras: se adjudican a quien ofrezca el precio más bajo, sea cual sea la combinación de tecnologías. El resultado son precios mínimos récord a escala mundial.
La flexibilidad, no el volumen: la pieza que falta en España
El debate sobre si España necesita más demanda para absorber su excedente renovable parte, según Vaitheeswaran, de una premisa incorrecta. La demanda llega de forma orgánica con el crecimiento económico —centros de datos de inteligencia artificial, aire acondicionado, nuevas industrias— y si las políticas son acertadas, aparece sola.
La pregunta más útil no es cuánta energía se consume, sino cuándo y cómo. La mayoría de las redes de distribución operan por debajo del 50% de su capacidad durante casi todo el año. El cuello de botella ocurre solo en unas pocas horas punta. El problema no es la infraestructura en sí: es su gestión.
Tecnologías como la capacidad de línea dinámica basada en inteligencia artificial y las baterías desplegadas como activos de transmisión pueden liberar una capacidad considerable sin necesidad de construir nuevas líneas. La herramienta más eficaz disponible para los responsables políticos, dice Vaitheeswaran, es crear los incentivos adecuados para los mercados de flexibilidad.
El apagón de abril no fue el final de una historia. Fue la señal de que España necesita ponerse al día con lo que otros operadores europeos ya habían aprendido. La pregunta ahora es si los responsables políticos españoles leerán esa señal del mismo modo que sus homólogos, o si volverán a confundir el diagnóstico.
