España lleva años construyendo en silencio la arquitectura industrial de un sector que todavía no ha dado su primer gran paso formal: la eólica marina flotante. Astilleros, acerías, puertos de gran calado y empresas tecnológicas de primer nivel conforman ya una cadena de valor que espera una señal para arrancar.
Esta semana, toda esa cadena se reunió en Madrid con una pregunta que sobrevoló la jornada de principio a fin: ¿cuándo llega la primera subasta?
Un sector global que ha multiplicado su escala por treinta
La eólica marina no siempre tuvo las dimensiones que tiene hoy. A principios de los noventa, el primer parque del mundo operaba con apenas once turbinas de menos de un megavatio. Hoy el sector acumula más de 90 gigavatios instalados a escala global, el equivalente aproximado a noventa centrales nucleares funcionando en los mares. Las máquinas actuales son treinta veces más grandes que aquellas primeras unidades.
Un dato ilustra la magnitud del cambio: las turbinas de 15 megavatios que se instalan actualmente tienen el tamaño de la Torre Eiffel. No es una figura retórica. Es ingeniería desplegada en el mar.
Europa ha convertido el offshore en prioridad estratégica, con un objetivo que va más allá de descarbonizar la generación eléctrica: reforzar la autonomía energética del continente y consolidar una industria propia. La demanda global se prevé especialmente intensa a partir de 2028, lo que convierte la próxima década en una ventana decisiva para los países que quieran posicionarse.
Por qué España apuesta casi en exclusiva por la tecnología flotante
España tiene una particularidad geográfica que condiciona toda su estrategia: la plataforma continental es muy reducida. Las costas caen rápidamente hacia aguas profundas, donde los aerogeneradores fijos sobre pilotes no son viables. La única alternativa es la tecnología flotante, que ancla las estructuras al fondo marino mediante cables y permite operar a grandes profundidades.
Lejos de ser una limitación, esa circunstancia ha convertido a España en referente mundial. El país ya es el que más unidades flotantes ha instalado en el mundo, con experiencia acumulada desde proyectos como Wikinger en 2014. La cadena de suministro nacional fabrica desde pilotes y subestaciones hasta estructuras de celosía que ya no se producen en el resto de Europa.
Hay además una ventaja climática nada desdeñable. El Atlántico sur es menos hostil que el mar del Norte, lo que facilita la construcción y reduce los costes operativos. En infraestructura portuaria España también supera a competidores directos: sus puertos alcanzarán calados de 20 metros a pie de muelle, por encima de los que ofrece el Reino Unido.
Asturias como punta de lanza: astilleros, acero y talento en la cornisa cantábrica
Si hay una región que concentra todas las piezas del puzzle, esa es Asturias. Astilleros, siderurgia, puertos estratégicos y centros de investigación forman un ecosistema que, según sus propios protagonistas, puede competir en cualquier mercado internacional. No es una aspiración futura. Ya lo está haciendo.
Navantia Seanergies fabrica estructuras offshore de alta complejidad. Astilleros Gondán construye buques de apoyo con pasarelas finger automatizadas e investigación en hidrógeno incorporada. Dos ejemplos de una industria que ha evolucionado muy por encima de sus orígenes tradicionales, y que difícilmente se reconocería a sí misma de hace veinte años.
La inversión pública acompaña ese músculo industrial. El programa Porteo Elmar destinará 212 millones de euros a modernizar cinco puertos estratégicos, entre ellos Gijón y A Coruña-Ferrol. El Plan Estratégico Puerto de Avilés 2040 y la nueva estrategia industrial asturiana sitúan la eólica marina en el centro del modelo productivo regional para las próximas décadas.
El cuello de botella: sin subasta, la cadena de suministro no puede arrancar
Todo ese potencial tiene un problema estructural. Sin una señal clara de mercado, nadie mueve ficha. Los promotores no asumen riesgos si no disponen de proveedores consolidados, y los fabricantes no invierten en ampliar capacidad si no ven un volumen potencial definido a largo plazo. El círculo se cierra sobre sí mismo.
La eólica marina funciona de forma diferente a la terrestre. Los mercados no emergen solos: los crean los gobiernos, que deciden cuánta capacidad se instala, dónde y cuándo. Sin esa decisión política, la cadena no arranca.
Europa ya pagó un precio alto por aprender esta lección. Las subastas fallidas entre 2023 y 2025, por desajuste entre costes reales y tarifas ofrecidas, dejaron proyectos paralizados y empresas en pérdidas. El sector ha incorporado esas lecciones y reclama ahora un calendario multianual estable junto con la publicación anticipada de borradores normativos, para poder planificar inversiones que se miden en cientos de millones de euros.
El respaldo institucional y el anuncio que el sector esperaba
La señal llegó desde el Ministerio para la Transición Ecológica. La ministra Sara Aagesen anunció la viabilidad de convocar de forma inminente la primera subasta de eólica marina flotante en España. Para un sector que lleva años construyendo capacidad sin un mercado formal, fue el espaldarazo que faltaba.
El IDAE respalda esa apuesta con líneas de inversión concretas: los 212 millones de Porteo Elmar para puertos, 162 millones del programa Renoval 2 y 147 millones de REMMarinas Demos para plataformas de ensayo. Cifras que refuerzan la cadena de valor nacional frente a competidores extranjeros.
Desde Asturias, el presidente Adrián Barbón enmarcó la eólica marina en lo que describió como el «resurgir industrial» de la región. La retórica política y el convencimiento empresarial apuntan, por una vez, en la misma dirección.
Lo que viene ahora es la prueba real. La subasta debe estar bien diseñada, con tarifas ajustadas a los costes actuales y un calendario que permita a proveedores y promotores planificar con horizonte suficiente. Si esas condiciones se cumplen, España tiene todo lo necesario para convertir años de preparación silenciosa en liderazgo efectivo en uno de los sectores energéticos con mayor proyección del siglo.
