En la cueva de la Araña, en Bicorp (Valencia), una pintura rupestre de hace 8.000 años muestra a una figura humana colgada de unas cuerdas, cesta a la espalda, introduciendo el brazo en una colmena mientras las abejas la rodean. La escena precede en más de cinco milenios a la invención del azúcar refinado.
España nunca ha dejado de ser tierra de miel. Hoy lo atestiguan 30.000 apicultores y 2,8 millones de colmenas repartidas por todo el territorio. Ese vínculo ancestral ha empezado a transformarse en algo inesperado: una nueva modalidad de turismo rural que combina naturaleza, cultura y gastronomía en torno a la abeja.
Una tradición de 8.000 años que hoy se puede visitar
España figura entre los grandes países apícolas de Europa. Sus 30.000 apicultores y 2,8 millones de colmenas no son solo una cifra económica: son el rastro vivo de una relación que arranca, al menos, en aquella figura rupestre de Bicorp.
El apiturismo convierte ese rastro en experiencia. Participar en la recolección, asistir a catas, aprender en talleres o pasear junto a un colmenar son actividades que han comenzado a integrarse en la oferta de turismo rural de varios municipios españoles. No es un fenómeno aislado. Crece dentro de un auge más amplio del turismo de naturaleza y del viaje experiencial, donde el viajero busca hacer algo, no solo ver algo.
Cantabria y Palencia: miel con denominación de origen y castillos medievales
En Liébana (Cantabria), la granja Colmenares de Vendejo ofrece la experiencia BeeXperience: dos horas junto a las colmenas, con cata en el obrador artesano incluida, por 12 euros. Lo singular es que los visitantes observan a las abejas a través de un cristal, sin traje de apicultor, a apenas un centímetro de miles de ellas.
Detrás del proyecto está Rubén Varona, fundador y presidente de la DOP Miel de Liébana, una de las cinco denominaciones de origen protegidas para miel que existen en España, activa desde 2014.
A varios cientos de kilómetros al sur, Ampudia (Palencia) combina un castillo del siglo XV, una torre de 63 metros apodada «la Giralda de Campos» y 140 colmenas en los montes Torozos. Allí, la empresa Miel Páramos del Alcor produce variedades de girasol, tomillo, lavanda y propóleo. El pueblo pertenece a la red Los Pueblos más Bonitos de España, y la miel figura entre sus argumentos más sólidos.
Madrid y Álava: abejas que sonríen y miel que vuela
En Cinco Villas, en la Sierra Norte de Madrid, Bárbara Salinas dejó la informática para fundar Ariki Apicultura. Organiza talleres de cosmética natural y actividades de «apicultor por un día», pensadas también para niños neurodivergentes. Sus abejas, según ella misma cuenta, sonríen cuando los visitantes se quitan los guantes para fotografiarlas.
Las colmenas migran en invierno a Granada para aprovechar el néctar de los aguacates de la Costa Tropical. Es un ejemplo claro de apicultura trashumante: las colmenas viajan donde está el néctar.
En el extremo opuesto del mapa, Antoñana (Álava) es una villa medieval fundada en 1182 que hoy tiene 150 habitantes y cero comercios. Para comprar la miel premiada del apicultor Fernando Díaz —especialmente la de bosque con brezo, que se agota enseguida— hay que acudir al único bar del pueblo o llamarle directamente. Sus colmenas están en el parque natural de Izki, escenario del bosque de roble melojo más extenso y mejor conservado de Europa.
Guadalajara y Girona: lavanda, fronteras y kilómetro tres
En julio, Brihuega (Guadalajara) vive una doble invasión. Más de mil hectáreas de lavanda atraen simultáneamente a las abejas y a miles de turistas que acuden al Festival de la Lavanda, en su décima edición. La miel que resulta de todo ese néctar es clara, ligera y poco empalagosa, y se vende en la Casa de la Miel, en la plaza de San Miguel.
En Garriguella (Girona, Alt Empordà), la empresa familiar Abellaires Empordanesos trabaja con otro concepto: la miel de «kilómetro 3». Las abejas obreras nunca se alejan más de tres kilómetros de la colmena, lo que permite garantizar que no visitan cultivos transgénicos ni tratados con pesticidas. Marc Arumí gestiona hoy 550 colmenas; su suegro empezó en un garaje en 1983. Los visitantes salen equipados con careta para explorar las colmenas más cercanas.
Por qué el apiturismo conecta con algo más profundo
La abeja es, desde hace milenios, un símbolo de comunidad y trabajo colectivo. El apiturismo no es solo gastronomía: es un encuentro con un ecosistema frágil, donde la polinización sostiene la biodiversidad y donde cada tarro de miel lleva inscrita una geografía concreta.
Experiencias como la de Garriguella —donde se certifica la ausencia de transgénicos y pesticidas— o la de Antoñana, donde el apicultor baja con un tarro cuando se lo piden, hablan de una forma de producir que el turismo urbano ha redescubierto con interés genuino.
El apiturismo es, en el fondo, turismo lento. Une paisaje e historia local con conocimiento científico accesible para todas las edades. En un momento en que los viajeros buscan experiencias con sentido, detenerse a escuchar el zumbido de una colmena —y entender lo que hay detrás— puede ser una forma tan válida de viajar como cualquier otra. Quizá más.
