Las paredes del Estrecho de Bolvonegro son oscuras, casi verticales, y encajonan el río con una presencia que parece anterior al tiempo mismo. En pleno noroeste murciano, este cañón tallado por la erosión fluvial crea la sensación de adentrarse en un lugar que el mundo exterior ha olvidado.
Su nombre lo dice todo. Bolvonegro deriva de Gorgonegro —garganta negra—, un topónimo documentado en 1575 por los caballeros templarios que dominaban la zona. Lo que esconden sus paredes de roca, sin embargo, va mucho más allá del nombre.
Una garganta con nombre templario y doce millones de años de historia
El Estrecho de Bolvonegro se abre donde confluyen los ríos Alhárabe y Benamor para dar origen al río Moratalla, en el noroeste de Murcia. El topónimo actual es una evolución de Gorgonegro, registrado en 1575 por los caballeros templarios que controlaban la zona. Significa, literalmente, garganta negra. Las paredes oscuras del cañón justifican el nombre sin necesidad de mayor explicación.
Lo que el nombre no recoge es el tiempo necesario para esculpir ese paisaje. El cañón lleva formándose durante doce millones de años: el agua atacó primero las margas blandas y después las areniscas más resistentes, un proceso de erosión diferencial que ha dejado paredes verticales con estratos horizontales perfectamente visibles. Cada capa es un capítulo del Mioceno que puede leerse a simple vista.
Cuando Murcia estaba bajo el mar: los fósiles que lo demuestran
Hace millones de años, este rincón semiárido estaba sumergido. Las rocas del estrecho lo confirman: sus superficies muestran ondulaciones que parecen olas petrificadas, sedimentos marinos que el tiempo solidificó antes de que el agua dulce volviera a reclamar el territorio.
El hallazgo más notable es el icnofósil Paleodictyon. No se trata de un organismo en sí, sino de la huella que dejó: una malla hexagonal perfecta grabada en el lecho rocoso por antiguos seres marinos. Su geometría resulta difícil de creer para algo que nadie diseñó.
Entre los fósiles de mayor tamaño destaca la costilla de una ballena prehistórica encontrada en el cauce, evidencia directa de que estas aguas interiores fueron un día mar abierto. Y para quienes recorran el sendero con atención, hay un detalle más: una figura de ballena tallada de forma natural en la piedra junto al río, una coincidencia que el azar ha construido con más paciencia que cualquier escultor.
Un poblado ibérico de 2.500 años sobre el cerro de Los Molinicos
La geología no es el único registro del pasado que conserva el estrecho. A pocos minutos del sendero principal, el cerro de Los Molinicos alberga un yacimiento con restos de un poblado ibérico de más de 2.500 años de antigüedad. El desvío es breve, pero el salto en el tiempo es considerable.
El asentamiento no empieza ni termina en la época ibérica. Conserva vestigios prehistóricos anteriores al Neolítico y partes de su muralla de piedra original todavía en pie en lo alto del cerro. En 2003 el conjunto fue declarado Bien de Interés Cultural. Geología, paleontología y arqueología raramente coinciden en un espacio tan reducido, y por eso el estrecho forma parte de la Red Natura 2000 como Zona de Especial Conservación.
Un oasis de vida en pleno entorno semiárido
Desde fuera del cañón, el paisaje circundante es árido y seco. Dentro, las condiciones cambian por completo. Las paredes verticales generan un microclima propio que protege el cauce del calor extremo y retiene la humedad, lo que permite que crezcan adelfas, retamas y musgo estrellado, y que olmos y tarayes alcancen gran porte en las zonas de ribera.
La fauna responde a ese refugio con una presencia llamativa: nutria, galápago leproso, martín pescador, oropéndola y garza real comparten el cauce. En verano, las pozas, los pilones y las cascadas también acogen a los senderistas que buscan refrescarse. Es uno de esos lugares donde la naturaleza y el visitante comparten espacio sin que ninguno de los dos sobre.
Cómo recorrer el Estrecho de Bolvonegro: lo que hay que saber antes de ir
La ruta PR-MU 110 es lineal y mide seis kilómetros en total, sumando ida y vuelta. La duración estimada es de tres horas a paso tranquilo, con una dificultad considerada fácil. Aun así, el terreno es estrecho e irregular, lo que exige atención y lo hace poco adecuado para niños muy pequeños.
El tramo acondicionado cubre dos kilómetros y medio e incluye pasarela de madera, puente sobre el río y escaleras de piedra natural. El punto de partida está en el kilómetro 18 de la carretera RM-715, entre Moratalla y Calasparra, con zona de aparcamiento disponible. Conviene llevar agua, calzado cómodo y evitar los días de calor extremo.
Hay lugares que acumulan tanto tiempo en tan poco espacio que recorrerlos se convierte en algo parecido a leer. El Estrecho de Bolvonegro es uno de ellos: doce millones de años de geología, ballenas prehistóricas, murallas ibéricas y un ecosistema que persiste contra todo pronóstico. Quizás lo más valioso no sea ninguno de esos elementos por separado, sino la pregunta que surge al verlos juntos: cuántas gargantas negras como esta habrá que el mundo todavía no ha aprendido a mirar.
