Hay ciudades que acumulan historia en silencio. Cartagena, fundada por los cartagineses en el siglo III a.C. a orillas del Mediterráneo, es una de las más antiguas de Europa —y, paradójicamente, una de las menos conocidas por el gran público.
Frente a ella se abre el cuarto puerto más importante de España. Pero detrás de esa fachada marítima, entre sus cinco colinas y su casco antiguo compacto, se superponen capas de civilizaciones que muy pocos viajeros llegan a descubrir del todo.
Una ciudad construida sobre civilizaciones
Cartagena no empieza con los cartagineses, aunque ellos le dieran su nombre actual. Asdrúbal el Bello la fundó oficialmente en 227 a.C. con el nombre de Qart Hadasht, pero los orígenes del lugar son anteriores: hay evidencia arqueológica de asentamientos humanos desde el Neolítico y la Edad del Cobre en el Campo de Cartagena.
Con la conquista romana en 209 a.C., la ciudad pasó a llamarse Carthago Nova y alcanzó su mayor esplendor. Roma la valoró por su riqueza minera y su posición estratégica en el Mediterráneo occidental. Después llegaron visigodos, bizantinos y musulmanes, y cada pueblo dejó su huella antes de que Cartagena recuperara protagonismo en el siglo XVIII como capital del Departamento Marítimo del Mediterráneo.
Este palimpsesto de civilizaciones es lo que convierte a Cartagena en un destino singular. No hay que imaginar el pasado: está literalmente bajo los pies del visitante.
El corazón romano: Teatro, Foro y Muralla Púnica
El punto de partida natural es el Teatro Romano, accesible desde la plaza del Ayuntamiento a través de un túnel. Construido en el siglo I a.C., tenía capacidad para entre 6.000 y 7.000 espectadores. Rehabilitado por el arquitecto Rafael Moneo, muestra hoy con fidelidad su estructura original: gradas, orquesta y escena perfectamente reconocibles.
A pocos pasos, el Barrio del Foro Romano —conocido como El Molinete— es uno de los parques arqueológicos urbanos más relevantes de España. Allí pueden verse las termas con su peristilo, la calzada romana del siglo I, un santuario y la Casa del Atrio con pinturas originales conservadas en sus paredes.
La ruta gana con dos paradas más: la Casa de la Fortuna, vivienda romana decorada con mosaicos, y la Muralla Púnica del siglo III a.C. Esta última es uno de los pocos restos cartagineses conservados en España y conecta directamente con los episodios más documentados de las Guerras Púnicas.
Subir al Castillo de la Concepción: las mejores vistas de la ciudad
Para orientarse en Cartagena, conviene empezar por arriba. El Ascensor Panorámico de la calle Gisbert, con 45 metros de altura, lleva hasta la cima de la Colina de la Concepción en cuestión de segundos. El ascenso ya ofrece vistas sobre el casco antiguo.
En lo alto aguarda el Castillo de la Concepción, una fortaleza de los siglos XIII-XIV que integra restos del antiguo anfiteatro romano. Fue alcázar musulmán, después castillo medieval y, durante la Guerra Civil, punto estratégico. La Torre del Homenaje alberga hoy el Centro de Interpretación de la Historia de Cartagena, con paneles interactivos sobre todas las épocas de la ciudad.
Desde la cima, la bahía, el Teatro Romano y el casco antiguo se despliegan en primer plano. Es el momento adecuado para comprender cómo se organiza el territorio antes de recorrerlo a pie.
El puerto y sus tesoros: ARQUA, Arsenal y paseo marítimo
Junto al puerto, el Museo Nacional de Arqueología Subacuática —ARQUA— es una visita imprescindible. Su colección abarca unos 2.500 años de historia submarina, desde ánforas fenicias y griegas hasta las 650.000 monedas de oro y plata rescatadas de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes.
Anexo al puerto se encuentra el Arsenal de la Armada, con su imponente Puerta del Arsenal del siglo XVIII. Este espacio está vinculado a Isaac Peral, el cartagenero que construyó el primer submarino torpedero propulsado por energía eléctrica en 1888. El paseo marítimo, con la muralla de Carlos III y sus jardines, ofrece un cierre tranquilo al recorrido portuario. Quienes dispongan de más tiempo pueden añadir un crucero por la bahía: desde el agua se contemplan el Fuerte de Navidad y las baterías defensivas costeras que protegieron la ciudad durante siglos.
El casco antiguo modernista y otros rincones imprescindibles
El casco antiguo de Cartagena no es solo arqueología romana. A finales del siglo XIX y principios del XX, la ciudad vivió un auge económico que dejó una herencia modernista notable: el Palacio Consistorial, el Casino —antiguo Palacio Tilly—, la Casa Maestre y el Palacio de Aguirre son ejemplos de esa arquitectura de fachadas elaboradas y balcones de gran presencia.
Merece también una visita el Museo-Refugio de la Guerra Civil. Un recorrido audiovisual sitúa al visitante en el interior de un refugio antiaéreo que llegó a albergar hasta 5.000 personas. Cartagena fue el último reducto republicano en rendirse a las tropas franquistas.
El casco antiguo es casi todo peatonal. Iglesias barrocas y neoclásicas —del Carmen, Santo Domingo, la Caridad— y esculturas urbanas jalonan el itinerario, y una terraza con gastronomía murciana es el cierre natural del día.
Cartagena, una ciudad que todavía tiene mucho por revelar
Cartagena no es un destino que se agote en una sola visita. Cada capa histórica que se descubre abre nuevas preguntas: qué hay debajo, qué queda por excavar, qué edificio modernista esconde aún un sótano romano. Las excavaciones en El Molinete siguen activas, y los hallazgos continúan ampliando el conocimiento sobre Carthago Nova.
La ciudad avanza también en su oferta cultural. El ARQUA incorpora piezas procedentes de nuevas campañas de arqueología subacuática en el Mediterráneo, y el interés creciente por el turismo histórico en el sureste de España apunta a que Cartagena podría consolidarse, en los próximos años, como uno de los destinos de referencia del país.
Para quienes aún no la han visitado, el momento es ahora. Y para quienes ya la conocen, es probable que haya una capa que todavía no han visto.
