Juan Luis Porrúa lleva años observando el sector de la construcción desde dentro. Ahora, como nuevo presidente del Centro Tecnológico de la Construcción de Murcia (CTCON), le toca algo más difícil: ayudar a transformarlo.
El momento no es sencillo. Las empresas de la Región afrontan a la vez la escasez de mano de obra cualificada, unos costes que no dejan de escalar y una revolución tecnológica que avanza a un ritmo que no todas pueden seguir. Para las pymes que forman el grueso del sector, el día a día deja poco margen para pensar en el largo plazo.
Un relevo en el timón con vocación de continuidad
Porrúa no llega al CTCON desde fuera. Formó parte de su junta directiva durante la etapa de Antonio Navarro, lo que le permitió seguir de cerca un periodo en el que el centro se consolidó técnica, económica e institucionalmente. Conoce lo que funciona. No tiene intención de cambiarlo por el simple hecho de cambiar.
Su visión es continuista, pero no inmovilista, y la distinción importa. Mantener la estabilidad económica, reforzar el posicionamiento técnico y preservar la relación estrecha con las empresas son líneas que han demostrado dar resultados. A eso se suma un equipo profesional que él mismo destaca como uno de los activos más valiosos del centro.
El objetivo que se marca es que el CTCON sea percibido como un aliado cercano y útil por empresas de todos los tamaños. No un organismo distante, sino un lugar al que acudir para mejorar la competitividad, incorporar innovación y prepararse para los cambios que ya están transformando el sector.
Un sector sólido pero bajo presión
La construcción en Murcia no parte de cero. Hay empresas con experiencia, profesionales cualificados y una industria auxiliar relevante; algunas compiten fuera de la Región exportando conocimiento, productos y servicios. Esa capacidad de adaptación y la cercanía entre los agentes del sector son, según Porrúa, ventajas reales que conviene aprovechar.
Las debilidades son igualmente concretas. La falta de mano de obra cualificada, los márgenes ajustados, la fragmentación empresarial y la incertidumbre en costes presionan desde varios frentes a la vez. El 22% de los trabajadores del sector se jubilará en la próxima década, lo que agrava un problema de relevo generacional que ya es urgente.
Los números de la obra pública ilustran bien la tensión: los sobrecostes en obras de carreteras pueden escalar hasta el 30%, y la inflación amenaza con retrasos y abandonos de proyectos. Porrúa es directo. Una construcción sostenible y con futuro no puede apoyarse en empresas que trabajan permanentemente al límite.
La apuesta tecnológica: digitalización con los pies en el suelo
El CTCON actúa como observatorio tecnológico del sector, pero con un criterio claro: la innovación solo tiene sentido cuando resuelve problemas reales. No se trata de seguir modas ni de acumular herramientas por parecer modernos.
Entre las áreas que Porrúa señala como prioritarias están BIM, gemelos digitales, inteligencia artificial, economía circular, materiales más sostenibles, eficiencia energética y construcción industrializada. Son, en sus palabras, palancas para construir mejor: con menos impacto, más rapidez y mayor calidad.
Uno de los mayores obstáculos no es la falta de tecnología, sino la regulación. Hay soluciones que podrían aportar mucho al sector, pero cuyo acceso al mercado se ralentiza porque la normativa no siempre avanza al mismo ritmo que la innovación. Por eso los proyectos demostrativos y la validación técnica resultan tan importantes: cuando una solución demuestra que funciona y que es segura, encuentra con más facilidad encaje normativo y aceptación real entre las empresas.
La brecha digital entre pymes: un proceso gradual, no un salto
No todas las empresas de la Región parten del mismo punto. Algunas ya incorporan herramientas digitales y procesos industrializados con naturalidad. Otras necesitan empezar por pasos mucho más básicos: mejorar la planificación de obra o el control de costes antes de dar saltos más ambiciosos.
La digitalización, insiste Porrúa, no ocurre de un día para otro. Es un proceso gradual que el CTCON debe acompañar con formación, asesoramiento y demostradores adaptados a cada nivel de empresa. El objetivo es reducir la brecha, no ampliarla.
El riesgo principal no es la tecnología en sí, sino aplicarla sin criterio. Digitalizar una empresa no puede consistir en acumular programas o plataformas que no resuelven ningún problema real. La tecnología, repite Porrúa, debe estar al servicio de la empresa, no al revés.
Industrialización y vivienda: realismo frente al entusiasmo
La industrialización de la construcción genera expectativas altas, pero Porrúa prefiere el realismo. Este modelo no sustituirá por completo a la construcción tradicional; en muchos casos, ambos convivirán. La clave está en aprovechar lo mejor de cada uno: la fabricación controlada y la reducción de plazos combinadas con la capacidad de adaptación de la obra convencional.
Las barreras siguen siendo reales. La falta de estandarización, la escasa planificación temprana, los condicionantes logísticos y la necesidad de adaptar normativa y contratación frenan un avance que, en teoría, todos consideran deseable.
En cuanto a la vivienda, Porrúa es preciso sobre el papel del CTCON. El centro no sustituye a las políticas públicas, pero puede aportar conocimiento, tecnología y validación para que las soluciones sean más viables. Materiales más sostenibles, procesos industrializados, reducción de residuos y proyectos demostrativos que acerquen la tecnología a la realidad del mercado: esas son las palancas concretas que el centro puede activar.
Lo que viene ahora es una etapa de prueba. El sector tiene los retos encima de la mesa y las herramientas, al menos en parte, disponibles. La pregunta es si el ritmo de adopción será suficiente para responder a una demanda que no espera. El CTCON, bajo el liderazgo de Porrúa, se propone ser parte de esa respuesta.
