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Galicia tiene otra costa: la ruta por las Rías Altas que los viajeros del norte guardan como un secreto

by David Pérez
4 de julio de 2026
in Turismo
Costa atlántica de las Rías Altas de Galicia con acantilados de granito, aldea pesquera y barca solitaria en aguas esmeralda

Los acantilados de las Rías Altas guardan pueblos pesqueros de piedra y estuarios de aguas esmeralda que aún escapan al turismo masivo.

La carretera costera del norte de Galicia no siempre aparece en los mapas de viaje más consultados. A veces hay niebla, casi siempre hay viento, y es frecuente recorrer varios kilómetros sin cruzarse con otro coche.

Cuando se habla de la costa gallega, la conversación suele derivar hacia las Rías Baixas: playas conocidas, verano concurrido, itinerarios bien trazados. Pero al norte existe otra Galicia —de rías abiertas, acantilados y pueblos marineros— que no compite con el sur ni busca parecerse a él.

Una costa que mira al norte y no pide permiso

Las Rías Altas no son una versión menor de las Rías Baixas. Son otra cosa: una costa más expuesta, más verde, con pueblos que viven de espaldas al turismo masivo y de cara al océano. Entenderlo cambia la forma en que uno se aproxima al viaje.

El recorrido abarca dos zonas bien diferenciadas: la Costa Ártabra y la Mariña Lucense, desde Betanzos hasta Ribadeo. La Costa da Morte queda fuera, no por falta de argumentos, sino porque merece un viaje propio.

A Coruña funciona como puerta de entrada lógica para quien llega en tren o avión, aunque no es el destino principal. Desde allí, la carretera impone su propio ritmo: curvas, pueblos pequeños, naturaleza en primer plano. Esta costa no negocia la velocidad a la que se recorre.

La Costa Ártabra: historia, bosques y océano abierto

El recorrido empieza en Betanzos, al fondo de la ría que lleva su nombre. Fue una de las antiguas capitales del Reino de Galicia y conserva un casco histórico que merece recorrerse sin prisa: plazas, calles estrechas, arquitectura medieval bien preservada. El parque de O Pasatempo añade una parada difícil de clasificar —mezcla de jardín histórico y referencias traídas por la emigración gallega— y muchos visitantes aprovechan también para probar la tortilla que ha dado fama gastronómica a la localidad.

Desde Betanzos, la carretera conduce hasta Pontedeume, puerta de entrada a las Fragas do Eume. El casco histórico de la villa merece una vuelta tranquila antes de internarse en el bosque. Después el paisaje cambia por completo: uno de los bosques atlánticos mejor conservados de Europa, con senderos entre vegetación densa y el monasterio de Caaveiro como referencia central.

Ferrol es la siguiente parada. Su pasado naval se hace visible en el barrio ilustrado de A Magdalena, con sus galerías acristaladas, y en las fortificaciones que rodean la ría, como el Castelo de San Felipe. Durante años quedó fuera de muchos itinerarios; sigue siendo una parada relevante para entender la relación histórica entre Galicia y el mar.

Más allá de Ferrol, la costa se abre. Doniños, Valdoviño y Santa Comba son playas expuestas, con viento y olas, más próximas al surf que al turismo de playa urbana. En Santa Comba, el pequeño islote con su ermita —visible solo según las mareas— aporta una de las imágenes más reconocibles del litoral gallego.

Cedeira, los acantilados de A Capelada y Cabo Ortegal

Cedeira aparece como un respiro. Villa marinera de escala manejable incluso en verano, con puerto, galerías y un ambiente que invita a reducir el ritmo. Funciona bien como base para explorar uno de los tramos más singulares del recorrido.

La carretera hacia Santo André de Teixido es parte de la experiencia en sí misma. Curvas, miradores y vistas continuas sobre el litoral acompañan hasta un santuario con siglos de tradición peregrina, situado entre acantilados y frente al Atlántico.

Muy cerca, los miradores de la sierra de A Capelada permiten acercarse a los acantilados de Vixía de Herbeira, considerados entre los más altos de Europa continental. No hace falta una gran ruta para disfrutarlos: a veces basta con parar, caminar unos minutos y observar cómo el paisaje se transforma con la niebla o el viento.

Cabo Ortegal cierra este tramo. El faro es la referencia visual, pero el interés está también en los Aguillóns, formaciones rocosas que emergen frente a la costa. Un poco más adelante, Ortigueira ofrece una de las rías más amplias de Galicia, la playa de Morouzos y un ritmo tranquilo donde las prisas pierden sentido.

La Mariña Lucense: donde Galicia se asoma al Cantábrico

A partir de Ortigueira el paisaje cambia de forma gradual. Las playas se alargan, los pueblos miran al Cantábrico y aparece la sensación de estar entrando en una Galicia distinta.

Estaca de Bares concentra ese cambio. Punto más septentrional de la península ibérica, el entorno impresiona más allá del dato geográfico. El faro, los acantilados y la sensación de estar en un extremo del mapa justifican detenerse mucho más de lo que dura una fotografía.

O Barqueiro está muy cerca. Escala pequeña, puerto tranquilo, casas mirando al agua. Una parada sencilla, pero de las que se recuerdan.

Viveiro es probablemente la localidad más completa de este tramo: centro histórico de origen medieval, puertas conservadas, relación estrecha con el mar y el puerto pesquero de Celeiro con actividad real. Si el tiempo acompaña, las playas cercanas permiten alargar la estancia sin demasiado esfuerzo.

El desvío a Fuciño do Porco también merece la pena —una ruta corta sobre pasarelas junto al mar con vistas sobre los acantilados. Cerca de aquí, Sargadelos o San Martiño de Mondoñedo añaden capas históricas al recorrido para quien quiera profundizar.

As Catedrais y Ribadeo: el final que cierra el círculo

Antes de llegar a Ribadeo, la playa de As Catedrais exige una parada. Sus arcos y formaciones rocosas son únicos en el litoral ibérico. Conviene consultar las mareas con antelación y tener en cuenta que en temporada alta la visita requiere reserva previa.

Ribadeo cierra el recorrido con una combinación equilibrada: puerto, casco histórico y arquitectura indiana que refleja otra capa de la historia gallega. El faro de Illa Pancha, con la ría del Eo al fondo, ofrece la imagen final del viaje.

Esta ruta no está pensada para quien busca playas concurridas o itinerarios perfectamente señalizados. Está pensada para quien prefiere un paisaje que no posa, pueblos que no dependen de su visita y un ritmo que obliga a prestar atención. Quizás la pregunta que deja esta costa no es cuándo volver, sino cuántas otras costas conocidas se parecen demasiado entre sí.

Tags: costaGalicianaturalezaplayasRías AltasTurismoviajes
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