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Caldupeiras, mariposas y acantilados: el antiguo camino gallego que prometió traer a todos los mortales

by David Pérez
4 de agosto de 2026
in Turismo
Peregrino en antiguo camino de piedra entre acantilados atlánticos y bosque celta en Galicia, envuelto en niebla

Un peregrino se detiene ante el Atlántico en el antiguo camino costero gallego, donde la niebla, los acantilados y una mariposa evocan siglos de devoción.

«A Santo André de Teixido vai de morto quen non foi de vivo.» La leyenda no deja margen a la interpretación: quien no peregrina en vida al santuario gallego de San Andrés de Teixido, lo hará después de muerto, reencarnado en animal. Babosa, rana, mariposa: el destino depende de la suerte que le toque.

El camino más antiguo documentado hasta ese rincón del extremo norte de Galicia parte junto a la ría de Ferrol. Lo trazó el erudito benedictino Padre Sarmiento en 1755, con pluma y cuaderno. Hoy, ese mismo sendero —el Camiño Vello— atraviesa acantilados, bosques y aldeas donde todavía humean las ollas de las caldupeiras. Lo que aguarda al final merece contarse por separado.

El camino que trazó el Padre Sarmiento en 1755

El Camiño Vello no existiría tal como lo conocemos sin un benedictino meticuloso y su cuaderno de notas. En 1755, el Padre Sarmiento recorrió la ruta registrando cada topónimo, cada cruce, cada piedra relevante. Ese archivo fue lo que permitió a la Diputación de A Coruña completar la señalización en 2001, marcando el trayecto con monolitos de granito que llevan grabado un pescado rojo como indicador de dirección.

El camino arranca en el monasterio de San Martiño de Xuvia, en Narón, junto a la ría de Ferrol. Son 39 kilómetros divididos en dos etapas de unas seis horas cada una. La primera bordea la ría y asciende hasta el molino de mareas de As Aceas, una de las mayores fábricas de harina de Galicia en el siglo XVIII. Después el trazado se desvía hacia el Pazo Libunca, un palacete modernista de 1922; más adelante aparece la necrópolis prehistórica del Monte dos Nenos, recordatorio de que por aquí se camina desde mucho antes de Sarmiento.

Porto do Cabo: donde el hambre del peregrino encontró remedio

Tras veintidós kilómetros, las tripas hablan. Porto do Cabo señala el final de la primera etapa y el lugar donde, históricamente, las caldupeiras esperaban a los peregrinos con ollas en el fuego. A cambio de un patacón de cobre, ofrecían una cunca rebosante de caldo gallego. No aguachirle: comida de verdad.

La tradición no ha desaparecido. Cada primer fin de semana de septiembre, durante la romería más importante al santuario, las mujeres de la Asociación Veciñal Porto de Cabo se ponen pañoletas, mandiles y zuecos de cuero, y siguen sirviendo ese mismo guiso junto al puente medieval.

Una de esas caldupeiras es Antonia Martínez, copropietaria junto a su marido José Picallo de Casa do Morcego, el alojamiento rural más recomendable de toda la ruta. La casa tiene huerto propio, cocina casera y una llamativa abundancia de mariposas: vanesas pintadas, mantos oscuros, colias. Para comer fuera, tanto la Taberna do Puntal como el restaurante O Castro —con vistas a la playa de Pantín— y Badulaque en el puerto de Cedeira son paradas que justifican la desviación.

La Serra da Capelada: bestas, ranas y piedras que hay que cargar

La segunda etapa sube por montes de eucaliptos hasta la Serra da Capelada. El paisaje cambia de registro: aparecen caballos semisalvajes y una fauna reptil que obliga a mirar dónde se pisa. La capilla de San Roque de Reboredo, del siglo XVII, marca la entrada a la sierra, y su prado alberga ranas galaicas y luciones —lagartos ápodos conocidos también como culebrillas de cristal.

Más adelante, los amilladoiros jalonan el camino. Son montones de piedras donde el peregrino deposita una traída desde su lugar de origen. El gesto tiene un propósito preciso: demostrar, el día del Juicio Final, que estuvo aquí en vida y no tendrá que regresar convertido en animal.

Desde el mirador Chao do Monte, a un kilómetro del final, el santuario aparece por primera vez. La iglesia de piedra casi negra, las casitas con llagas blancas y los acantilados de un verde intenso forman una imagen que no se parece a ningún otro lugar de la Península.

San Andrés de Teixido: amuletos, fuentes y la promesa cumplida

El santuario recibe unos 70.000 peregrinos al año. La tradición manda comprar los sanandresiños: amuletos de masa de pan sin fermentar, endurecidos al horno y pintados de colores vivos. Cada forma tiene su función —la flor para el amor, la mano para un deseo, la sardina para conjurar las envidias.

Dentro de la iglesia, erigida sobre roca viva, las ofrendas cuentan historias que ningún texto podría resumir. Fotos de carné, extremidades de cera, barquitos de madera e incluso ataúdes de personas que, gracias al santo, no llegaron a necesitarlos.

En el exterior, la fuente de los Tres Caños exige beber de los tres chorros y arrojar una miga de pan al agua. Si flota, buena señal. En los puestos del santuario también se vende la herba de namorar, la Armeria pubigera, a la que se atribuyen propiedades amorosas y fertilizadoras. Según dicen: «A San Andrés van dos y vuelven tres».

Más allá del santuario: acantilados, playas negras y cabos extremos

El Camiño Vello termina en San Andrés, pero el paisaje invita a continuar. La Vixía de Herbeira se alza a 620 metros sobre el océano. Hay quienes la señalan como uno de los acantilados más altos de Europa continental, aunque otros la sitúan a la par con los de Irlanda y Noruega. El viento es constante incluso en verano.

El cabo Ortegal, en el concejo de Cariño, alberga las rocas más antiguas de la península Ibérica: 1.156 millones de años. La playa de Teixidelo, oculta al pie de los acantilados, es la única playa del mundo de arena negra no volcánica; su color proviene de la erosión de peridotita y olivino, y solo es accesible para senderistas con experiencia. Las playas de la península de Figueiroa —Fornos, Figueiras y Os Cabalos— ofrecen alternativas más accesibles, con aguas de un verde que recuerda al Caribe, temperatura aparte.

Al final, lo que el Camiño Vello propone va más allá de llegar a un santuario. Pone al viajero frente a un territorio que ha conservado sus rituales, su gastronomía y su fauna con una coherencia poco frecuente. Quizás por eso la leyenda sigue vigente: porque este rincón del norte de Galicia todavía parece capaz de recibir a todos los mortales, de una forma u otra.

Tags: Camino de Santiagocultura gallegaGalicianaturalezaPeregrinacionesTradiciones
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