Hay libros que enseñan a cocinar y libros que enseñan a comer. Un alfabeto para gourmets, de M. F. K. Fisher, no hace exactamente ninguna de las dos cosas.
Publicado por primera vez en 1949 y reeditado ahora por Siruela, este volumen recorre las 26 letras del abecedario para destilar las filias, las fobias y las convicciones gastronómicas de una autora que desafió las convenciones editoriales y culinarias de su tiempo. Detrás de las iniciales M. F. K. se escondía Mary Frances Kennedy: una escritora que transformó el periodismo gastronómico estadounidense mezclando cocina, literatura y retrato humano.
Un libro que rompe las reglas del género gastronómico
Un alfabeto para gourmets no es un recetario ni un manual de cocina. Es una colección de ensayos personales organizados por las letras del abecedario, donde Fisher vuelca sus preferencias, sus rechazos y sus convicciones más íntimas sobre la mesa.
Una de sus ideas centrales sigue siendo provocadora: el entorno importa más que la receta. Un plato mediocre puede volverse memorable si el ambiente, la luz y la temperatura de la habitación acompañan. La cocina, para Fisher, es ante todo una experiencia sensorial completa, no un ejercicio técnico.
También invita a abandonar el protocolo y confiar en el placer propio. Ninguna etiqueta vale más que el disfrute genuino. Julio Guerrero, editor de Siruela, lo resume así: ninguna colección gastronómica puede estar completa sin esta obra, «no solo por su enorme talento gastronómico, sino por su deslumbrante mirada literaria».
Las iniciales que ocultaban a una mujer en un mundo de hombres
Mary Frances Kennedy eligió firmar como M. F. K. Fisher de forma completamente deliberada. En la década de 1940, la crítica y el ensayo estaban dominados por hombres. Usar iniciales le permitía que su trabajo fuera juzgado por su mérito, no por su género.
Nació en Michigan en 1908 y murió en California en 1992. A lo largo de esas ocho décadas expandió el periodismo gastronómico estadounidense de una manera que nadie había intentado antes, mezclando cocina con literatura, viajes y experiencia personal sin pedir permiso a ningún género establecido.
Su estrategia de anonimato parcial no era un capricho estilístico. Era una respuesta directa a las barreras reales que enfrentaban las escritoras de su tiempo. Que hoy conozcamos su nombre completo no borra la ironía: tuvo que ocultarlo para que la escucharan.
Un viaje de la A a la Z: soledad, glotonerías y entremeses rusos
El libro arranca con la A de «cenar a solas». Fisher defiende ese acto como una forma de libertad gastronómica plena, una oportunidad de atención y meditación sin distracciones. Cenar solo no es una derrota; es una elección.
La B explora los «banquetes de solteros». Fisher narra sus experiencias como invitada en casas de hombres que viven solos y observa, con humor y precisión, cómo se alimentan cuando nadie los mira. Es una de las secciones más divertidas del libro.
La G llega con la «glotonería» y abre una reflexión más filosófica: ¿dónde está el límite entre el placer y el exceso? ¿Qué diferencia a un verdadero gourmet de alguien que simplemente devora sin conciencia? Fisher no responde del todo, y eso es parte del encanto.
El recorrido termina con la Z de «zakuski», los entremeses tradicionales rusos, que Fisher utiliza como metáfora del fin del banquete y del cierre del libro. El aperitivo convertido en despedida: un remate elegante.
La sencillez como filosofía: tomates maduros y ostras sobre salsas pesadas
A pesar de moverse con soltura en el mundo de la alta gastronomía, Fisher profesaba una cocina austera. Le gustaban las verduras frescas, los productos locales, las elaboraciones simples. Nada demasiado sofisticado, ninguna salsa pesada que ahogara el sabor original.
Adoraba las ostras —tanto que les dedicó un libro entero— y adoraba los tomates maduros. Su gusto por lo sencillo contrasta con el refinamiento que suele asociarse a la crítica gastronómica de élite.
Esta filosofía no es un detalle biográfico menor. Impregna cada ensayo del alfabeto y le da coherencia al conjunto. Fisher no escribía sobre la comida perfecta; escribía sobre la comida honesta.
El salón de Glen Ellen: donde el mundo viajaba para cenar con ella
Fisher pasó sus últimos años en Glen Ellen, un pequeño pueblo vinícola de Sonoma, California. Su casa se convirtió en un punto de peregrinación: académicos, escritores y apasionados de la gastronomía viajaban desde distintas partes del mundo para cenar y conversar con ella.
Una de sus frases más conocidas lo explica con claridad: «No es quien prepara la comida el héroe de esta historia. Es quien la disfruta, y cualquiera puede asumir ese papel».
Hay algo revelador en ese contraste. El libro empieza celebrando la soledad en la mesa y termina con una autora rodeada de comensales de todo el mundo. Quizás esa tensión entre el placer íntimo y el placer compartido sea, en el fondo, el verdadero tema de todo el alfabeto. Vale la pena releerlo con esa pregunta en mente.
